sábado, 19 de octubre de 2013

Autores noveles que prometen: Alfredo de Andrés habla sobre irracionalidad, Kafka y Freud




Siempre me gusta prestar atención a las óperas primas de los escritores. La primera novela de un autor debutante la concibo como una suerte de prueba de fuego de la que no muchos salen victoriosos. Alfredo de Andrés (Madrid, 1961) lo consigue con La suma de las partes (Gens Ediciones), una novela valiente y perfectamente construida que traslada al lector a la Viena de los años veinte en compañía de Freud y Kafka. Con un arranque digno de novela negra en el que un asesinato tiene en en vilo a dos policías, La suma de las partes es una novela de voces y de importante poso psicológico, una obra que no deja indiferente y de la cual podemos extraer interesantes reflexiones. Alfredo de Andrés lleva años escribiendo y eso es algo que se aprecia cuando uno se sumerge en el primer capítulo de su primer libro. El suyo es un debut más que prometedor, una obra que merece grandes elogios y que, aunque no está pensada para un lector medio, sí la recomendaría a todo aquel lector que busque no sólo una historia interesante, sino una reflexión sobre las emociones humanas, sobre la locura y la razón.

-La suma de las partes está protagonizada por dos pesos pesados de la Historia: Freud y Kafka. ¿Cómo ha sido darles vida literariamente y qué era lo que más te interesaba destacar de ellos?

    Lo cierto es que no era muy consciente de lo difícil que podía ser ponerle voz a esos personajes hasta que no me puse a ello. Me documenté mucho sobre Kakfa, tanto de su vida como de su obra no literaria. Leí lo que había escrito sobre sus propios sueños, y también un par de libros de coetáneos suyos que narraban diferentes experiencias y conversaciones que habían tenido con él. A partir de ahí, intenté encontrar un tono que le fuera bien al personaje y que me permitiera además sentirme cómodo con el discurso que quería desarrollar en la novela. Lo uno me llevó a lo otro de forma casi automática.
   En cuanto a Freud, bueno, fue bastante más fácil, entre otras cosas porque en la novela tiene un papel diferente. Explica, más que cuenta; indaga, más que elabora, y eso permitió  estar más “relajado” a la hora de tratar con él. En cualquier caso, lo que  me interesaba de sus vidas era ese momento concreto de la historia en que los describo, cuando ambos están unidos por una experiencia íntima como es  el dolor.

-Como buena novela negra, es una obra donde lo psicológico tiene mucha relevancia, algo que se ha perdido en la gran mayoría de novelas que hoy en día nos venden bajo este género. Como psicólogo y como autor, ¿qué es lo que más te fascina de la técnica del psicoanálisis, muy presente en la historia?

   Todo lo que tiene de viaje interior. En realidad, el sujeto que se psicoanaliza no sabe a dónde va, ni qué va a descubrir. Paradójicamente, su inconsciente es eso, algo ajeno a su consciente y, por tanto, inaccesible; pero es el viaje que emprende en el análisis de su yo lo que le lleva hacia el cambio.

     Hoy en día la fisiología neuronal ha aportado nuevas pruebas de que gran parte de nuestra conducta es ajena a eso que denominamos  “voluntad”, y que en realidad esa conducta está controlada por elementos “inconscientes”, aunque la ciencia actual  se resista a emplear esa palabra. Por otro lado, inconsciente, sueño e irracionalidad van de la mano, algo que es de vital importancia en el arte, la ciencia y la historia del siglo XX

-Narras una historia que traslada al lector a la Viena del periodo de entreguerras. La ciudad es casi un personaje más. Comienzas con un asesinato, una misteriosa mujer que ha aparecido muerta y un crimen que empieza a ser investigado. Por si todo esto fuera poco, La suma de las partes es una novela donde la literatura tiene un peso esencial. ¿Es un homenaje al poder de los libros?

  Sí, por supuesto. La metamorfosis fue prohibida en la Alemania nazi, al igual que los libros de Freud. Hitler temía esos libros, y por dicha razón ordenó quemarlos. En realidad, temía más a esos libros y a esos autores que a sus adversarios políticos. Despreciaba y desdeñaba  lo que él denominaba “arte degenerado”, que no era otra cosa que el arte de vanguardia, pero al mismo tiempo tenía una fijación hacia ese tipo de expresión artística. Lo cierto es que temía ese arte porque desenmascaraba su impostura. 

-Si tuviera que quedarme con una frase de la novela sería esta. La dice Kafka: “La locura y la muerte no son más que dos caras de la misma moneda”. ¿Qué frase define para ti lo que perseguías con este libro?

   La irracionalidad mueve al hombre. 

-Los policías Spear y Kopneck, dos de los protagonistas de la obra, reflexionan a menudo sobre la verdad y, más bien, sobre la manipulación de la verdad, algo muy común en los tiempos que vivimos…

    En realidad ese es uno de los grandes “inventos” del siglo XX: la manipulación de la verdad. Goebbles, uno de los jerarcas del nazismo, dijo “una mentira mil veces repetida se transforma en una verdad”. Él mismo puso a prueba dicho aforismo con su Ministerio de Propaganda, que ha sido emulado en mayor o menor medida en todo el mundo (aunque cambiándolo de nombre y de aspecto, que siempre hay que guardar las formas). Uno no deja de sorprenderse al ver los periódicos de la mañana de cómo una misma noticia puede ser interpretada de mil formas diferentes (aquí interpretada debería de ir entre comillas), o de cómo los representantes políticos son capaces de encontrar eufemismos que maquillan la realidad. En fin, nada nuevo bajo el sol. 

-Me llama mucho la atención esta reflexión de un Kafka moribundo: “En realidad, nos pasamos la vida curándonos (…) Pero en verdad no es así. La cura no está en nuestra mano. En realidad, la cura siempre depende de los otros”. Creo que resume muy bien una de las grandes temáticas del libro…

     Forma parte del ciclo dolor-cura-dolor. Todos, de una u otra manera, intentamos evitar el dolor, curarnos de él. Del dolor psíquico y del físico. El dolor psíquico, ese que produce una pérdida, una separación, la frustración o la soledad, se alivia mediante el contacto con los otros: Padres, amigos, amantes, esposos. Sin ellos, sería imposible curarse y superar ese dolor. 

-Para muchos grandes autores del panorama actual, Kafka fue el autor más relevante del siglo XX. ¿Opinas lo mismo? Hubiera sido igual la literatura actual si Max Brod hubiera destruido los manuscritos del checo?

   No, sin duda alguna. Kafka es el autor del siglo XX. No se puede entender ese siglo sin él, y el siglo no hubiera sido igual sin su literatura. Fue “la voz de su tiempo”, ese tipo de escritor que surge muy pocas veces en la historia y  que es capaz de resumir en su obra no solo lo que ocurre en el mundo que le ha tocado vivir, sino aquello que va a suceder en el futuro. 

-¿Qué parte del proceso creativo fue la más dura para ti?

     Darle a la novela un giro narrativo final en el que encajaran todas las piezas sin que perdiera sentido y sin que pareciera forzado. 

-Después de muchos años escribiendo, ¿cómo estás viviendo el momento de publicar por primera vez? ¿Cómo ves el panorama editorial actual?

     Es algo muy gratificante. Supongo que es algo así como llegar al fin a alguna parte. Aunque, en realidad, y parafraseando a Fernando Fernán Gómez, escribir es un viaje a ninguna parte.

   El panorama editorial actual supongo que está más o menos como el musical o el  cinematográfico. Hay un cambio en el modelo de negocio, pero no tengo muy claro que el nuevo modelo sea mejor que el que había. Lo que sí que tengo claro es que el modelo clásico va a desaparecer. Habrá que adaptarse, no queda otra.  

-¿Qué será lo próximo que escribas?

     Espero que no sea mi epitafio.

lunes, 29 de julio de 2013

Rosa Montero: "Lo que más me gusta de la literatura es poder vivirte en otras vidas"



 Rosa Montero es una de las escritoras más queridas de nuestro país, y no sólo por la calidad de su prosa, sino por su cercanía con los lectores y la solidaridad que demuestra continuamente. Creo que su capacidad de empatizar con la gente que sufre es una de las razones por las cuales se sintió fascinada por el breve diario que la Nobel polaca Marie Curie escribió tras la repentina muerte de su marido, Pierre.

 Cuando Rosa Montero dio con esas páginas, que ella describe como "brutales y desgarradoras", supo que ahí tenía una historia que debía ser contada. Y así fue cómo surgió La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), un libro-tesoro a caballo entra la novela, la biografía y el ensayo. Una obra en la que Rosa Montero nos habla de su experiencia directa con el duelo y analiza qué papel juega la muerte en esta sociedad en la que vivimos, siempre tan centrada en la juventud y donde la enfermedad y la muerte a veces parecen meros accidentes. Utilizando como hilo conductor la fascinante vida de Marie Curie, la escritora y periodista madrileña nos abre las puertas de su yo más íntimo con esta obra repleta de belleza y luminosidad. Porque, como ella misma afirma, este es un libro "luminoso, concebido para celebrar la vida". 


-La ridícula idea de no volver a verte es un libro en el que ha contado cosas muy íntimas. ¿Se ha sentido más desnuda que con otros libros?

No, la verdad. Nunca he sido de novelas autobiográficas. Lo que más me gusta de la literatura es poder vivirte en otras vidas, salir del encierro de tu propia realidad, aunque por supuesto siempre hay metáforas, símbolos profundos que ni nosotros podemos interpretar y que tienen mucho que ver con nosotros. Sí que es cierto que esta novela es la que tiene un contenido autobiográfico más real, pero lo he tratado todo con mucho pudor, así que no me he sentido más expuesta.


-Este es un libro que es difícil clasificar… ¿Es de esas obras que hay que leer sin fijarse en qué lugar de la librería se ha colocado?

Puede ser. Los propios libreros no sabían muy bien dónde colocar la novela cuando se publicó, si en ficción o en ensayo…Es una obra que tiene una biografía muy poco convencional sobre Marie Curie, formada casi por detalles y pinceladas de su vida, hay cosas de mi propia vida, historias que he contado sobre otra gente y hasta un pequeño microrrelato. Además de fotos, reflexiones…tal vez pudiera ser un ensayo narrativo, por decirlo de alguna manera, pero es difícil definirlo.


-A pesar de la dureza de los temas que aborda, el libro salió “casi solo”, según ha contado alguna vez.

Es cierto. Suelo tardar tres años por novela, pero este libro ha salido en once meses, como un tiro, un torrente. Siempre he dicho que escribir una novela es como picar piedra, es algo tedioso, pero con este no ha sido así…Todo lo que escribía me emocionaba y siempre estaba deseando sentarme a redactar. 

-Era una obra que tenía que salir así, tan rápido, justo en un momento importante…

Yo también lo pienso. Lo he disfrutado, me he emocionado escribiéndolo, me he reído…Ha sido una obra que he vivido mucho. Cuando me surgió esta historia yo estaba trabajando en otra novela ambientado en la selva y llevaba tres capítulos más o menos, pero estaba bloqueada y algo nerviosa. De repente, por una de estas casualidades de la vida cayó en mis manos el diario de Marie Curie, y ahí empezó todo.

-El breve diario de Marie Curie no sólo es sorprendente, sino también conmovedor. ¿Qué le pareció cuando lo leyó?

Son unas páginas escritas durante el año posterior a la muerte de Pierre Curie, que fue atropellado por un coche de caballos y murió en el acto. Marie quedó desolada y volcó todo su dolor en un diario desgarrador y tremendo. Son veintiocho páginas que me estallaron en la cabeza, no sólo por la reflexión sobre el duelo, que yo he vivido a nivel personal, sino por el personaje de ella, del que yo creía que sabía mucho hasta que leí esto.

-Usted lo define como un libro sobre la vida, y creo que el lector así lo percibe una vez que lo ha leído.

Es una historia sobre la vida, sobre cómo vivirla más plena y serenamente. Pero no podemos aspirar a vivir de esta manera si previamente no has llegado a un “acuerdo” con la muerte, no sólo la tuya, sino la de tus seres queridos. Evadimos la idea de la muerte, vivimos como si fuéramos inmortales…la enfermedad y los accidentes se ven como algo anómalo en esta sociedad. Creo que si huimos de la muerte acabamos huyendo también de la vida.  

-¿Uno aprende a vivir con la idea de que la muerte está ahí fuera, esperándonos?

Se puede, aunque es muy difícil. En teoría lo sabemos, pero llevarlo a la práctica es lo complicado. Afortunadamente, nunca paramos de aprender en la vida. Hay que reflexionar y también exige liberarse de ataduras, miedos y angustias.

-Afirma en estas páginas que uno no se recupera de la muerte de un ser querido, sino que se reinventa. ¿Cómo fue esa reinvención para Marie Curie?

Para ella fue muy duro porque estaba muy aislada en un mundo en el que era una extraña casada con otro extraño, y además estaban tan unidos que parecían hechos el uno para el otro. Por si todo fuera poco, tiempo después se enamoró de otra persona, otro físico más joven que ella y también muy brillante,  y fue humillada públicamente, tachada de adúltera y quisieron echarla de la Sorbona. Pero ella se reinventó. No podemos perder la esperanza en la fuerza que la vida nos da para seguir adelante y recuperarnos. En una vida hay muchas vidas, eso lo sabemos todos los que tenemos una edad. Para mí, una de las grandes preguntas de nuestra existencia es qué hacer con el dolor para conseguir que no nos destruya. 

-Cuando se adentró en la vida de Maria Curie descubrió a una mujer fascinante y muy compleja, mucho más allá de su papel como científica. ¿Con qué recuerdo se queda de ella?

De ella me quedo con todo: era una mujer fascinante, maravillosa. Luchó por tener su propio camino en una época en la que las mujeres no podían hacerlo. Creo que el gran problema de la mujer es que históricamente nunca ha vivido para su propio deseo. Eso es vital para todos, hombres y mujeres, porque si no se lucha por lo que uno quiere es imposible ser feliz en la vida.  Volviendo a Marie Curie, hay que recordar que era polaca y se tuvo que marchar, era pobre y en un momento en el que las mujeres no llegaban a la universidad. De ella, además, destacaría su capacidad de sacrificio y lo pasional que era…

-En el libro hay una reflexión muy potente sobre la literatura como un arma poderosa contra el mal y el dolor. 

Es cierto porque el arte en general está en la base misma de nuestra supervivencia. Si no tuviéramos esa capacidad de crear belleza de este caos punzante y demoledor que es la vida no podríamos sobrevivir. Es más que un refugio. Sin arte, sin narraciones, no podríamos entender el mundo, porque además todos somos narradores de nuestras vidas y necesitamos escribirnos, narrar nuestros recuerdos.

-El libro ya está en esa fase tan deseada por un autor en el que fluye solo: lleva muchas ediciones, ha recibido unas críticas muy buenas y los lectores lo aprecian. ¿Qué balance hace de estos meses?

Lo que más me gusta es que estoy recibiendo muchas cartas, más que con otros libros, y todas cuentan historias de duelos de los lectores… son historias bonitas, conmovedoras, que celebran la vida y el amor. Las guardo en una carpeta y pienso que tal vez deberían formar parte de un libro suyo, de todos los lectores que lo comparten conmigo. ¡De eso me siento tan orgullosa! Si en algún momento mi libro ha servido para que la gente exprese la parte bella del dolor, eso ya es algo muy importante para mí. Me quedo con eso.

lunes, 1 de julio de 2013

Rayuela, ahora y siempre


Julio Cortázar (1914-1984) es para mí uno de los autores fundamentales de la historia de la literatura. Sus manera de narrar, su amplio universo particular y su forma de entender la escritura pueden gustar más o menos, pero jamás dejar indiferente a aquel que se abandone a su literatura. Creo que hay ciertos momentos en la vida que un lector siempre recuerda; por ejemplo, cuando se cruza con un escritor de esta magnitud. En mi caso, sentí que todo lo que había leído anteriormente quedaba en otro plano. Los lectores a veces somos así de inflexibles. Subimos, bajamos, movemos en los estantes los libros que nos han marcado. Cortázar tiene, en mi opinión, la fuerza de un terremoto, y como tal, su obra es de las que deja huella.

En estos tiempos, que vivimos tan pegados a las efemérides -como si, de alguna manera, quisiéramos distanciarnos de nuestro presente evocando lo que ya pasó-, uno no puede pasar por alto los aniversarios de ciertas publicaciones que marcaron una época. Y Rayuela lo fue. Analizada desde infinitos puntos de vista, pocas novelas han logrado el éxito de aunar el respeto de lectores, críticos y escritores. Fue un libro exitoso en su momento, una obra rompedora, con cierto toque surrealista, que bien merece todos los homenajes que en estos días se suceden en medio mundo, el mundo hispano.


Se cumplen 50 años de la publicación de un libro que "es muchos libros; es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura", como contó el propio Cortázar.  De Rayuela se ha dicho tanto y tan bien que es imposible aportar nada nuevo. ¿Por qué recomendarla? Sería más fácil preguntar: ¿por qué no recomendarla? Hablamos de una historia que es un libro de cabecera para una generación, la del boom latinoamericano; una suerte de Biblia que cambió la forma de entender lo que era una novela. Pero, sin embargo, hablamos ante todo de páginas, páginas y más páginas narradas con una maestría en la prosa que debería alejar cualquier sombra de duda sobre si es un libro que merece llegar a la mesita de noche o quedarse en la estantería de las obras no leídas.


 Quizás, lo mejor de la novela, al menos para mí, es que contiene dentro muchas novelas, y que sus personajes son fascinantes -¿quién podría olvidar a La Maga?- y el París que se recorre en sus páginas es simplemente evocador y mítico. Y también, por qué no decirlo, porque Rayuela la escribió Julio Cortázar, que ya era en sí mismo un personaje tan literario que, si no hubiera nacido, estoy segura de que alguien le hubiese hecho nacer dentro de una historia.


 Si hubiera que destacar algo malo sobre el libro, ¿qué sería? En mi opinión, que Rayuela, como le ocurre a grandes novelas como Cien años de soledad, no es un libro fácil. No todo el mundo puede seguir los pasos a Horacio Oliveira en busca de La Maga, no todos los lectores disfrutarían esta historia repleta de referencias al universo del jazz. Es un libro que exige ese compromiso tan especial que surge cuando un lector abre la primera página de un libro y se abandona a lo que el autor le cuenta. Abandonarse a Rayuela es dejarse inundar por la musicalidad de las frases del argentino, por la fuerza de París -un personaje más de la novela- y por la omnipresencia de la música, casi siempre en constantes citas.

Abandonarse a Rayuela es leer frases como esta y saber que algo ha cambiado en tu trayectoria como lector:

“Y por eso Gregorovius insistía en conocer el pasado de la Maga, para que se muriera un poco menos de esa muerte hacia atrás que es toda ignorancia de las cosas arrastradas por el tiempo”.


Creo, sinceramente, que Rayuela puede ser a ratos compleja, quizás no apta para todos los lectores, y que sus toques surrealistas y sus constantes referencias a músicos de la época y otros temas artísticos pueden a veces sacar de la lectura a una persona no muy habituada a ese tipo de narración. Toda obra innovadora, destinada a romper moldes narrativos –y esta lo hizo– implica esos riesgos  Pero por ello me parece una obra inolvidable. Adentrarse en Rayuela es hacerlo en el mundo personal de Cortázar. Lector voraz, con una grandísima inteligencia, ya desde el título de la obra el autor argentino nos advierte de qué va todo el texto: un juego entre el lector y el autor; un juego lleno de incursiones a lo onírico, a lo fantástico, a lo geográfico –maravilloso recorrido por esa ciudad que parece no acabar nunca que es París– y por supuesto a lo emocional.


 Tal y como muchos juegos pueden jugarse de varias maneras, o siguiendo diferentes estrategias, Rayuela puede leerse de tres maneras. Cada una de ellas es especial y corresponde al lector abandonarse a una de ellas.






lunes, 24 de junio de 2013

Marie Curie, el duelo y Rosa Montero: una combinación sorprendente



Uno de estos días, Macondo me va a cerrar sus puertas y se va a buscar a alguien que actualice el blog como merece. Alguien que escriba semanalmente sin dejar esto vacío durante tanto tiempo. Pero mientras llega el candidato perfecto, aquí sigo yo, haciendo malabares para seguir con la promoción de mi novela, con la rutina laboral, las colaboraciones y demás historias en las que ando metida (más de las que puedo gestionar, y así me va...). Pero este libro que traigo hoy espero que haga olvidar estos dos meses de ausencia. Y también espero que me haga retomar la escritura de la entrada semanal/quincenal a la que os tenía acostumbrados. 

La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral) es el nuevo libro de Rosa Montero. Una historia inclasificable y bellísima, que no es novela pero tampoco ensayo, que tiene algo de diario intimista pero a la vez es desenfadada y luminosa, a pesar de que la autora madrileña habla de la muerte y del duelo. A priori, más de uno pensará que es un libro triste y doloroso, una obra fruto de heridas abiertas. Nada más lejos de la realidad: es un libro que habla de la vida a través de la muerte de nuestros seres queridos, y de cómo uno se reinventa tras perder a alguien cercano. Es una obra llena de coraje, de superación, de reflexiones sobre este tema, todavía un tabú en nuestra sociedad. Un libro en el que Rosa Montero nos habla con cercanía, con emotividad y también humor, con ironía y a veces indignación.

Como si hubiera rebuscado en su cofre de tesoros más íntimo, Montero (Madrid, 1951) nos ofrece una colección de imágenes, recuerdos, citas y reflexiones sobre la muerte, que no es sino una parte de la vida y que debemos aprender a aceptar. Y todo ello contado con la naturalidad de alguien que perdió a su pareja hace escasos años, y que ha aprendido a reinventarse, porque “uno no supera la muerte de un ser querido, uno aprende a reinventarse”, nos cuenta en el libro. 

Su historia, sus recuerdos y pensamientos sobre el tema, se enlazan de una manera preciosa con la vida de la científica de origen polaco Marie Curie, cuyo íntimo, breve y desgarrador diario –escrito a la muerte de su esposo, Pierre Curie–, es el hilo conductor de esta historia. Antes de leer esta obra, no era mucho lo que sabía de Curie: su grandeza como investigadora, su Premio Nobel y su muerte temprana debido a la radiactividad a la que estuvo expuesta a lo largo de su vida. Gracias a La ridícula idea de no volver a verte he descubierto su grandeza como persona; Marie Curie fue una mujer excepcional y Rosa Montero nos la acerca de una manera brillante, dándole voz gracias a su diario y demostrando la importancia de su lucha en una época en la que a la mujer no le esperaba nada más allá que el cuidado de los hijos y las labores domésticas. El peso de la mujer en el campo científico, la culpabilidad, la relación con nuestros progenitores y otros temas sociales también están presentes en esta obra, llena de reflexiones.

Para mí ha sido una delicia acercarme a la desolación de Curie tras la pérdida de su marido, al que estaba profundamente unida, y ser testigo de cómo, lejos de hundirse, fue capaz de volver a su laboratorio para continuar sus valiosas investigaciones. Y todo ello mientras sacaba adelante a sus dos hijas. Todo un ejemplo de tesón, valentía y sacrificio. La historia personal de Curie bien merecía ser narrada de esta manera tan cercana y poética. No me extraña que Rosa Montero quedase cautivada por la lectura de esas breves pero demoledoras páginas, y que de ahí surgiera, como un torrente, toda la historia de La ridícula idea de no volver a verte. A veces, las cosas suceden cuando tienen que suceder, y no cuando nosotros nos empeñamos en que ocurran, y creo que el diario de Marie Curie apareció en la vida de la autora en el momento idóneo, y ella ha sabido aprovecharlo.

Recomiendo esta historia, que sin duda volveré a releer. 

Aquí comparto la entrevista que tuve la suerte de poder hacerle en estos días.