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martes, 26 de noviembre de 2013

Víctor Charneco, preparado para enfrentarse a sus ‘Duelos’





Duelos supone el esperado regreso a la literatura de Víctor Charneco (Zafra, Badajoz, 1976) tras la buena acogida que tuvo su ópera prima, Devuélveme a las once menos cuarto, de la que ya hablamos por aquí las pasadas navidades en las recomendaciones vacacionales. Aunque su nueva obra es un recopilatorio de relatos, comparte algunos temas comunes con su debut literario, y es que ya en Devuélveme alas once menos cuarto planteaba a los lectores la idea de que uno de los mayores problemas de la sociedad contemporánea es que está enferma de soledad. Duelos, también publicada por Ediciones Carena, se presentará en Madrid el viernes 29 de noviembre. El autor nos ha desvelado algunas de las claves de esta obra dividida en seis grandes y originales enfrentamientos de amor, realidad, amistad, honor, muerte y creación. Diferentes historias con cuidadas ambientaciones desde las cuales Víctor Charneco nos ofrece su particular visión de las motivaciones que determinan el comportamiento y las voluntades humanas.

Duelos nos ofrece un planteamiento muy original. Historias con atmósferas muy diferentes entre sí que ofrecen una mirada sobre el fascinante entramado de las relaciones humanas. ¿Desde el principio tuviste claro que querías hablar de este tema a través de este género narrativo? ¿Sentiste cierto respeto ante el género del relato, que es menos leído y para un público (quizás) más exigente?

En mi planteamiento inicial no estaba la intención de abordar grandes temas a partir de enfrentamientos con ambientaciones diferentes y registros variados, como tampoco me planteé si hacerlo desde el relato me haría menos visible para los lectores. Tenía la idea de escribir un libro de relatos en el que unos se enfrentaran a otros y, como siempre sucede en la literatura, los hechos luego me fueron conduciendo hacia las diferentes historias y las reflexiones que las alientan. En cuanto a la dificultad del relato como género, es cierto que las estadísticas dicen que este tipo de textos se lee menos, pero también parece que en los últimos años se está revitalizando el interés del público por ellos.

El primer duelo con el que se enfrentará el lector es el del amor. ¿Eres de los que piensan que se trata de una de las grandes fuerzas que mueve el mundo?

El mundo lo mueven las pasiones, todas ellas, aunque es probable que, si sacáramos la media, el motor fundamental sea el amor, porque es la pasión más extendida, la que todos pretendemos y nadie se empeña en ocultar. De todos modos, que sean menos visibles no hace que no existan unas motivaciones menos nobles en la acción humana. Nadie alardea de esos otros latidos desbocados, pero están por ahí y su existencia nos asalta a diario, recordándonos la complejidad de la condición humana y sus cuartos oscuros.

Nueva York ha tenido mucho peso en este libro y tú la describes en la primera historia. ¿Qué importancia tiene esa ciudad tan artística en tu carrera?

Nueva York es un punto referencial en mi trayectoria creativa, seguramente el más determinante de todos, porque fue en esta ciudad en la que mis proyectos literarios pasaron a convertirse en realidades inequívocas. Se trata, además, de un lugar en el que mi creatividad siempre se desata, espoleada por su explosión de vida, cultura, manifestaciones artísticas y cinematográficas. 

Dices en uno de los textos: “La vida es un camino donde priman las decepciones, los errores, el cansancio, las enfermedades y hasta la muerte”. Son las palabras de un alienígena que llega a la Tierra en una misión exploratoria. Visto así, es cierto que la vida es un continuo duelo…

Ese alienígena, el explorador Adhzed, hace la afirmación que destacas cuando no sólo ha sido infectado ya con unas emociones que le eran desconocidas, sino que ha de dar una respuesta al pueblo que le eligió para ir a la Tierra y está desconcertado ante la amenaza de la existencia ‘sensitiva’. Pero en ningún caso mi planteamiento es tan oscuro: creo en la posibilidad de la felicidad, pero no en ella como un estado irreal y acaramelado, sino en la capacidad para integrar en la existencia los problemas y dolores que en ella tienen lugar sin que eso suponga un sufrimiento imposible de soportar.

En el duelo de realidad haces un completo repaso a las emociones humanas a través de una epidemia de melancolía. Una interesante perspectiva desde la que abordar lo complejas que son nuestras relaciones interpersonales…

Ese duelo tiene un aspecto simbólico muy relacionado con la competitividad exacerbada de nuestra sociedad, en la que, en ocasiones, los sentimientos se toman como una prueba de debilidad. Los zedhícolas no tienen sensaciones, y eso lleva a su organización a un estadio más elevado, predominante; y sin embargo, no poseen todo lo que precisan, y han de salir a buscar más, engañar a sus conciencias con un sustituto tecnológico de sus sentimientos... Los humanos somos complejos, contradictorios, difíciles de entender e incluso de emparejar en relaciones estables, pero pese a todo, prefiero nuestra condición a la de Adhzed y los suyos. 

Del libro extraigo la idea global de la necesidad humana de sentirnos comprendidos, respaldados. ¿Era una de tus intenciones?

Ya en Devuélveme a las once menos cuarto defendía la idea de que uno de los mayores problemas de la sociedad contemporánea es que está enferma de soledad. El sistema productivo, la competitividad mal interpretada, e incluso el egoísmo equivocado del ‘renovarse o morir’ están produciendo una generación de seres aislados, que necesitan la comprensión y el calor de otros, pero que en muchos casos son incapaces de pedir ese afecto e incluso de darlo. Creo que en muchas ocasiones confundimos los parámetros de la modernidad y nos condenamos a un estado carencial que, más que a cualquier otro individuo o estructura social, nos lesiona a nosotros mismos.

Escribir es para muchos autores una  lucha contra los fantasmas que les acompañan. ¿Contra qué te has batido al escribir esta obra?

Duelos es una obra anterior a Devuélveme a las once menos cuarto. Se trata, de hecho, de mi primer trabajo de ficción, por lo que más que enfrentarme a mis fantasmas personales como autor, lo que tuve que hacer fue adquirir los recursos y estrategias necesarios para completar la obra. Todos los autores encaramos nuestro mundo interior cuando reflexionamos sobre la vida de los demás, pero creo que en este libro no hay demasiadas huellas de mi personalidad y sus peculiaridades.

Tras la buena acogida de Devuélveme… ¿sientes presión ante la publicación de este nuevo libro, o pesaban más las ganas de volver a encontrarte con los lectores? 

Como escritor, mi intención es la de llegar al público, darle a conocer mis historias y recibir la información sobre qué les han parecido, si les emocionaron o encontraron algo en ellas que pueda ayudarles a mejorar sus vidas. Desde esa perspectiva, siempre es un placer tener la oportunidad de volver a entrar en contacto con los lectores. Por supuesto, siento la responsabilidad de entregarles la mejor obra posible, pero no por la altura del listón que pueda haber dejado mi novela anterior, sino como compromiso con mi propio trabajo. Soy muy exigente con mis textos y no permito que salgan de mi mesa hasta que he conseguido que alcancen su mejor versión posible.

¿Será la promoción de Duelos similar a la de la novela y viajarás por diferentes ciudades españolas?

Por el momento, las presentaciones que están previstas son las de Madrid y Zafra, mi ciudad natal. Para presentar en Barcelona, sede de Ediciones Carena, esperaremos hasta Sant Jordi, e iremos planificando otras poblaciones conforme el calendario y las expectativas de los lectores nos lo vayan permitiendo. Creo que es muy positivo que el público pueda conversar con los autores, y escuchar de ellos sus motivaciones, inspiraciones o proyectos, así que siempre estoy dispuesto a viajar para mantener encuentros con ellos.

viernes, 22 de marzo de 2013

Lecturas para disfrutar en Semana Santa



Por fin, llegan para muchos de nosotros esos días en los que podemos abandonarnos a las lecturas atrasadas o constantemente aplazadas por la rutina diaria. Llevo tiempo queriendo hablar de estos libros, pero desde hace unos meses estoy más liada de lo que quisiera, y no siempre he tenido tiempo para hablar de ellos como merecen. La Semana Santa es la excusa perfecta para dedicarles una entrada extensa y destacar lo que más me ha gustado de cada uno. No todos han sido publicados recientemente (salvo Un jardín abandonado por los pájaros, de Marcos Ordóñez), pero todos se pueden encontrar con facilidad en las librerías. Estos son los libros que me llevaría de vacaciones: Soñar con ballenas, Un jardín abandonado por los pájaros, Devuélveme a las once menos cuarto y Siempre hemos vivido en el castillo.

Soñar con ballenas (Menoscuarto) es la última novela de la autora, traductora y periodista vallisoletana Pilar Salamanca. Quiero agradecer a la editorial Menoscuarto que me hablase de esta historia y que confiara en mí para poder reseñarla en este blog. Debido al gran número de libros que se publica cada día en España, no había oído hablar de ella, una auténtica pena porque es un libro totalmente recomendable. La cuidada ambientación, en un pueblecito pesquero del norte español (Portus, “un brazo de mar estrangulado por la arena”), la época que retrata –unos años convulsos, los que marcaron el final de la Segunda República para dar comienzo a la Guerra Civil–, y la manera en que lo hace la autora, convierten al libro en una historia envolvente, que cautiva desde el principio y nos habla de temas tan potentes literariamente hablando como el destino y la constante presencia en la vida del tándem amor-muerte.  

<<Cierto, yo la amaba y quería seguir amándola. La deseaba y no podía imaginar que algún día dejaría de desearla. Pero no podía decírselo, posiblemente porque había aprendido que otra manera de decir te quiero era no decirlo en absoluto. Sin embargo, me estaba cansando de intentar aguardar el equilibrio con los ojos vendados sobre aquella delgada tabla: otro resbalón y me iría de cabeza a las profundidades marinas.>>

De este libro destacaría varios aspectos; en primer lugar, la manera en que está narrado: con delicadeza, naturalidad y sencillez. Y aun así, el resultado es totalmente poético. Escribir de esta manera demuestra una destreza digna de ser elogiada. Una frase invita a adentrarte en la siguiente y nada suena artificial o rebuscado. En segundo lugar, la intensidad de la historia, una historia de mujeres –no por ello feminista ni escrita para ser leída únicamente por mujeres, por supuesto–, de pasiones que a la fuerza han de ser secretas, de destinos y desasosiegos. Y un libro con un fuerte componente onírico, marcado desde el título, que es toda una premonición (“Durante la noche José había soñado con ese pájaro volando alrededor de una quilla que sobresalía fuera del agua. Volaba tan silencioso como una lechuza, salpicando con sus alas los cristales de la cabina”).

Los lectores que se asomen a la historia de Mélida y de Lila Vechio disfrutarán sin duda. Pilar Salamanca es también autora de obras como Los años equivocados, A cielo abierto y Enaguas de color salmón, entre otros títulos. Soñar con ballenas, publicada el pasado año, es su séptima novela.

Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph editores), de Marcos Ordóñez, es otro de esos libros-tesoro de los que uno no se desprendería casi ni para prestarlo a un amigo. De su autor conocía únicamente la brillante trayectoria periodística, y leer Un jardín abandonado por los pájaros ha sido entrar de lleno en su universo propio, íntimo pero a la vez universal, donde el lector puede fácilmente conectar con las vivencias narradas, las películas que marcaron una época y respirar el ambiente de Barcelona –una ciudad siempre tan literaria– a lo largo de los años 60.

De Marcos Ordóñez se han dicho tantas cosas buenas que es difícil quedarse con un calificativo. Me gusta especialmente cómo lo define Javier Villán: “un narrador ajeno a modas, un raro lobo estepario”. Quizás esta autobiografía narrada en clave novelesca me ha cautivado por el peso del recuerdo, por la nostalgia que desprenden las anécdotas que narra Marcos Ordóñez -muy emotiva la parte en la que habla de cómo heredó de su padre la pasión por la escritura y de su madre la pasión por las historias-.

 <<Cada medio año cambiaba yo de destino. Así quise ser médico, arquitecto y, siempre, siempre, detective: toda Agatha Christie, de Poirot a los Beresford; todos y cada uno de los investigadores de Hitchcock Magazine y Ellery Queen´s Mistery Magazine, que entonces se podían comprar mensualmente en los quioscos, y en lo alto del podio, solitario e inalcanzable, el magnífico Sherlock>>.

Una nostalgia que, sin embargo, no está exenta de humor. Y es que la manera tan magistral de contar las cosas, de describir atmósferas y recordar personajes –especial peso tienen la abuela, el núcleo cercano formado por los padres y familiares cercanos como el primo Joanet– que el escritor barcelonés tiene en esta obra logra aunar recuerdos y ocurrencias en una suerte de equilibrio que se mantiene a lo largo de la narración. Para los que no somos de esa generación, además, el libro es una ventana abierta a una época que sólo conocemos por la literatura, el cine o las anécdotas familiares. Unos años que a mí, personalmente, me fascinan.

He disfrutado mucho este libro, que recomiendo y que releeré en un futuro. Estoy convencida de que, antes de asomarme a esta crónica familiar, Marcos Ordóñez me cautivó con una maravillosa reflexión aparecida hace unos meses en El País: “Escribir un libro en el que la memoria juega un papel importante implica no solo recabar datos, sino ponerse en disposición de recordar, y esa voluntad ha de ser una mezcla de evocación e invocación, porque los recuerdos no vienen solos, y a veces solo asoma de ellos una punta”.

Devuélveme a las once menos cuarto ha sido la novela del 2012 en Ediciones Carena. El libro de Víctor Charneco (Zafra, 1976) ha logrado vender la primera edición completa (1000 ejemplares), lo cual es todo un logro para una editorial pequeña y más en tiempos de crisis como los actuales. 

¿Cuál es la receta de este éxito? Un planteamiento tan atractivo como eficiente: ¿Qué ocurriría si nos dejásemos un sueño sin soñar? ¿Cómo alteraría esa sensación nuestra vida? ¿Qué ocurre cuando otra persona, ajena totalmente a nosotros, sueña nuestro sueño? Es lo que le ocurre a Martín, uno de los protagonistas de este libro, cuando una mañana se levanta y se da cuenta de que ha perdido su sueño. Bruno, un hombre exitoso, joven y en un momento importante de su vida, sueña el sueño de Martín. A partir de ese momento, y sin que ellos puedan evitarlo, sus vidas se conectarán y nada volverá a ser lo mismo para ellos. A estos protagonistas masculinos hay que añadir a Edna, tercera pata de la historia, y un personaje con un peso determinante del que no se puede desvelar mucho sin correr el riesgo de estropear la lectura.

Partiendo de esta idea tan original, Víctor Charneco habla en su primera obra publicada -es autor también de un libro de relatos, Duelos, pendiente de publicación- del papel que cada persona tiene en este mundo actual, tan globalizado y donde todo está dominado por la urgencia y todo se desvanece con rapidez. Los protagonistas de este libro se ven obligados a repasar a fondo sus vidas, y al hacerlo analizan la realidad que vivimos. Sin entrar en juicios morales, el autor emplea la trama para invitarnos a pensar en el tipo de sociedad que tenemos, en el peso del individuo frente al colectivo, y también, en la derrota y en la victoria, dos caras de la misma moneda que todos conocemos bien.

Una obra, en definitiva, con un planteamiento muy original, bien narrada, con un ritmo muy ágil y unos personajes muy trabajados. Devuélveme a las once menos cuarto es de esos libros que hacen pensar que todavía queda esperanza y que aquello de “todo está escrito” no siempre es cierto.  

Siempre hemos vivido en el castillo (Minúscula) es uno de los libros que más me ha gustado de los últimos meses. Una de esas historias que no se te van de la cabeza y que recomendaría a un público lector diverso, ya que es una novela narrada en primera persona por una adolescente de dieciocho años, pero no creo que necesariamente sea un libro de temática juvenil; por lo tanto, sería un error dejarnos llevar por el prejuicio que la edad de la protagonista podría suponer a priori. 

La editorial Minúscula merece un buen aplauso por haber rescatado una obra tan interesante, y por haberlo hecho en una cuidada edición con traducción de Paula Kuffer y un posfacio de Joyce Carol Oates que le aporta un gran valor añadido a la obra.

Gran parte del éxito de la novela de Shirley Jackson, publicada en 1962 y que ya en su época gozó de mucho prestigio, lo tiene la narradora de esta historia testimonial con aires góticos. Merricat, como todo el mundo conoce a Mary Katherine Blackwood, es un personaje fascinante, anti héroe, excéntrica –odia lavarse, no soporta a los perros y tiene una peculiar relación con su gato Jonas, con el cual interactúa como si de un humano se tratase– ignorada y casi despreciada por los vecinos de su pueblo, y sin embargo, rezuma personalidad desde el primer capítulo.

A través de la particular y siempre sincera visión que Merricat tiene de la realidad que rodea a su adorada hermana Constance y a ella (y al extrañísimo tío Julian que vive en la mansión), el lector conocerá cómo es el día a día de la familia Blackwood. Hasta aquí, todo sería bastante normal si no fuera por el “pequeño” detalle que Merricat deja caer al inicio de esta historia, casi al mismo tiempo que admite que “con un poco de suerte” ella podría haber sido una mujer lobo, al tener los dedos medio y anular igual de largos. Ese pequeño detalle no es otro que la confesión de la muerte del resto de la familia Blackwood. Murieron todos envenenados en el comedor de la casa familiar, seis años atrás del comienzo de la narración. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué fueron envenenados? ¿Qué opina el pueblo de ese dramático acontecimiento?

 Los hechos se nos van desvelando con cuentagotas al tiempo que Merricat habla de su bella hermana (“Cuando era pequeña, pensaba que Constance era una princesa de un cuento de hadas (…) Era la persona más importante de mi mundo. Siempre lo había sido”), de los odiosos vecinos, de la soledad compartida en la que felizmente conviven y en la cual han encontrado un modo de subsistir, y de la importancia de la mansión en la historia familiar (“Los Blackwood siempre vivimos en esta casa, y lo manteníamos todo ordenado”). 

Es, efectivamente, una novela de tensión, de intriga, con una atmósfera gótica muy potente, pero fundamentalmente es una obra psicológica. Merricat habla de sus miedos, de lo que consigue hacerla feliz, y de sus planes para el futuro. Nada que no pudiéramos encontrar en el diario de cualquier otra adolescente. Y sin embargo, Merricat es especial, es frágil y es valiente, es inteligente pero con una ingenuidad que la hace entrañable. Toda la novela reposa en ella y es una delicia adentrarse en esa casa-mansión, donde sin duda casi nadie querría pasar más de una tarde.

<<Resultaba extraño estar dentro de mí misma, caminando rígida frente a la cerca con paso seguro, pisando con firmeza pero sin prisa porque lo habrían notado, estar dentro de mí misma y saber que me estaban mirando; me escondía muy adentro pero podía oírlos y verlos por el rabillo del ojo. Deseé que estuvieran todos muertos, tirados por el suelo>>.

Una novela totalmente recomendable, amena, interesante. Uno de esos libros que se lee del tirón.




sábado, 26 de enero de 2013

Álvaro Petit: "La poesía sigue siendo el arma del futuro, porque tiene toda su historia como filo"




Con algo más de retraso del que yo desearía, doy la bienvenida a este 2013 con la intención de dedicarle más espacio a la poesía, un género que no debería faltar nunca entre nuestras lecturas de cabecera. Y comienzo con Álvaro Petit, un autor novel, aunque de fuerte trayectoria literaria. Su ópera prima, Once noches y nueve besos, prosa poética publicada por Ediciones Carena, ya está en las librerías y también se puede adquirir a través de la web de la editorial. Se trata de la primera obra de una trilogía cuya segunda parte está en proceso de escritura. El próximo jueves, 31 de enero, lo presenta en el Corte Inglés de Serrrano, acompañado por Luis Alberto de Cuenca.


Once noches y nueve besos supone tu debut literario. Encontrarse con los lectores es una alegría, pero tratándose de algo tan íntimo como la poesía, ¿supone también algo de vértigo desnudar ese mundo interior, abrir el alma a todo aquel que quiera acercarse?

Sí y no. Es cierto que el tono del libro es intimista, porque así lo exijía tanto el tema como el carácter de las noches y los besos. Pero gracias a Dios mi intimidad es mucho más amplia que lo que aparece reflejado en el libro, por lo tanto el vértigo es menor. Además, precisamente por ese intimismo, creo que hay que tener ciertas claves para descifrar la clave de bóveda y llegar a la intimidad, por lo tanto estoy un poco resguardado.

-Toda buena obra nace de la necesidad. Cualquier lector que se adentre en la prosa poética de Once noches y nueve besos comprobará cuán cierta es esa afirmación en tu caso. ¿Te ha servido la poesía como tabla de salvación en estos años? ¿Eres de los que piensa que es como una terapia? Este “diario de ausencias y silencios”, como tú defines al libro, ¿hubiera podido existir en prosa?

Eso decía Rilke, que una obra de arte siempre surge de la necesidad y creo que no andaba nada desencaminado, aunque la realidad no sea tan radical como la percibía él. Está claro que cuando existe esa necesidad, uno se da de tal manera a la obra que acaba quedando impregnada y cargada de su autor, de su mundo. Y eso hay a quien le gusta y a quien no. En cuanto a mí, la verdad es que un poco sí ha sido tabla de salvación o más bien, vía de escape; la manera de dejar salir una serie de ideas, de convicciones y decisiones que de otra manera, aún seguirían dentro de mi. La poesía es una terapia o puede no serlo. Depende de cómo se la tome uno. Como todo, supongo. 
 
En cuanto a lo de la prosa, esos textos están escritos, algunos, hace cinco años, cuando el verso me asustaba como un demonio y en la prosa me encontraba más cómodo. Hoy sigo sintiéndome más cómodo en la prosa, pero he recopilado todos los poemas que he escrito, los leí y me dije: “no están tan mal”. Y desde entonces estoy escribiendo en verso. 

-El amor en este libro está analizado desde dos puntos de vista que además dan nombre al poemario: la noche, a la cual tú asocias la parte angustiosa, la incertidumbre, y los besos, que vendrían a ser los momentos de esperanza. Háblanos de ellos.

La noche no me gusta, me parece el momento del día en el que la suciedad sale de las cloacas y lo inunda todo. Por eso mis noches son esa cara del amor en la que todo es incertidumbre, en la que se sufre. Porque la realidad es que amar conlleva, sí o sí, sufrir y estar dispuesto a sufrir, no porque el amor sea una faena, sino porque exige quitarse armaduras e ir a pecho descubierto por la vida, siendo una presa fácil para los tiradores. En cambio los besos, que serían mis días, son esa otra cara del amor, la que mueve al hombre y le lleva a hacer las cosas más imposibles. Y aunque haya once noches y tan sólo nueve besos, éstos siempre van a llenar más que las noches. Por eso merece la pena sufrir, si se sufre por amor.

-Aunque podría parecer un juego literario, un recurso bien empleado, H. es una persona concreta a la que tú diriges este libro. Ella no solo es el tema central, sino la protagonista. ¿Sería muy arriesgado decir que este libro se debe a ella? O mejor dicho: ¿hubiera existido Once noches y nueve besos sin H?

No hubiera existido. En el libro, H asume por completo el control; como bien dices, ella es protagonista y tema, ¡es hasta la numeración de las páginas! (risas). Yo creo que estoy en deuda con ella, por muchísimas cosas, una de ellas, este libro. 

-Este libro formará parte de la “Trilogía de H”. ¿Están ya escritas las otras dos partes?

El segundo libro estoy aún terminándolo. Está escrito en verso, y si te digo la verdad no sé muy bien de qué trata. Sé que trata sobre H, pero tampoco puedo decirte más, no porque no quiera, sino porque no puedo. El título provisional es Geografía de tu vientre, aunque llevo ya como trece o catorce títulos provisionales (risas), y aún no tengo muy claro si quiero que se publique, sí quiero terminarlo. Veremos qué pasa.

-Hay una frase tuya que me impresiona: “Amar es como tirarse al vacío”. En estos tiempos inciertos, ¿qué sería entonces escribir?

Como me cites mucho voy a terminar la entrevista con el ego por las nubes (risas). Escribir es pensar, amar, vivir, sufrir y en mi caso, también rezar. Y todas esas cosas implican cierta precipitación, o al menos eso es lo que creo yo. Pero es una precipitación extraña porque, aunque hay que tirarse al vacío, al final uno descubre que en verdad no está cayendo, sino siendo catapultado al infinito. 
 
-¿La poesía sigue siendo un arma cargada de futuro?

Sigue siendo el arma del futuro, porque tiene toda su historia como filo. 

-En la séptima noche, te diriges a la libertad: 


“¡Tanto tiempo buscándote! Y resultó que estabas aquí. Querida libertad, no hay yo sin ti. Te fuiste o te eché y no sé adónde te relegué” ¿Qué es para ti la libertad?

El amor. Para San Agustín, la libertad consistía en hacer el bien para alcanzar la beatitud, que en román paladino es la felicidad y la felicidad reside tan sólo en el amor, que nos lleva a hacer el bien. Es un círculo delicioso. 

-¿Cómo es la relación entre Álvaro Petit y la literatura? 

Comienza de una forma un poco extraña, con La familia de Pascual Duarte de Cela, libro que por supuesto no logré terminar. De ahí ya inicié un camino más normal, con Martín Vigil y con un autor que me fascinó y desde entonces no hago más que leer y releer cosas suyas; Emilio Salgari. La novela de anveturas me encanta, la de Salgari o las novelas de Haggard. También recuerdo que me encantó, y desde entonces, Walter Scott. 

Ya un poco más adelante, descubrí a Lewis y al Tolkien que son dos escritores favoritos para mí. Luego volví a Cela y ya sí, me encantó. Y en poesía, el primer libro que de verdad disfruté fue La Caja de Plata, de Luis Alberto de Cuenca, y a través de él, llegé a Jaime Gil, Cirlot, Borges, Pere Gimferrer…

-Estás a punto de presentar tu libro en Madrid, ciudad en la que contarás con el apoyo de un gran poeta como Luis Alberto de Cuenca. ¿Qué consejos te ha dado? ¿Qué es lo que más admiras de él?

Luis Alberto es el mejor poeta vivo que hay en España y yo creo que él no es consciente de ese grado. Sobre los consejos, recuerdo uno que me dio y que desde que me lo dijo llevo dándole vueltas a la cabeza: paciencia. Y es cierto, la elaboración de una obra poética exije una paciencia que muchas veces me falta. 

¿Lo que más admiro de él? El manejo que tiene de las imágenes. Si uno lee, por ejemplo, una antología suya que sacó Renacimiento, Su nombre era el de todas las mujeres, puede comprobar el dominio que tiene a la hora de escoger las palabras precisas y poner las comas en las partes del verso correctas. Es impresionante. O cómo es capaz de escribir poemas tan brutales como El fantasma de Rita y luego otros mucho más ligeros como Jóker.

Gracias a Luis Alberto, y añadiría a Luis García Montero, la poesía que algunos llaman posmoderna sigue estando en la brecha. Y claro, para mí supone una alegría que Luis Alberto haya aceptado presentar mi libro. 

Cuando se lo pedí lo hice a través de un mail, y recuerdo que le pedí que me presentara el libro y que me concediese una entrevista. Me dio un poco de vergüenza pedir como si fueran los Reyes Magos. Y me respondió, me acuerdo, con un escueto: “sí a tus dos peticiones. Mañana te escribo y hablamos de fechas”. Creo que esa frase y esa anécdota definen perfectamente cómo es el trato de Luis Alberto, que me escribió a primera hora (risas).

-Siempre me gusta despedir a los autores pidiéndoles una cita o una reflexión, que por supuesto puede ser del libro propio o de un autor de cabecera.

Hay una frase de El Señor de los Anillos, creo que del tercer libro, El Retorno del Rey, me encató cuando la leí y desde entonces me la repito a menudo:

“No nos toca a nosotros decidir qué tiempo vivir, sólo podemos elegir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado” (J.R.R.Tolkien)