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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Albert Camus, El extranjero y El sol de Argel




Las librerías parisinas le rinden homenaje este mes
El 7 de noviembre de 2013 se celebra el centenario del nacimiento de Albert Camus y llevo tiempo queriendo escribir, a modo de humilde homenaje en mi Macondo particular, lo que su literatura ha representado para mí. Me refiero, especialmente –aunque no de manera única–, a la gran conexión entre El extranjero y El sol de Argel, mi primera novela publicada. Es complicado escribir sobre el Camus novelista dejando de lado al dramaturgo, al ensayista y al filósofo. Aunque él no se consideraba filósofo, somos muchos los que sí creemos que su manera de cuestionarse el mundo y el papel que los hombres de su tiempo jugaban en él, bien merecen ese calificativo.  En estos tiempos de oscuridad en los que nos hayamos, muchas frases que nos dejó el autor de La peste son como un rayo de luz. Su obra, su prosa, la manera en que entendía lo absurdo de la existencia, son hoy más necesarias que nunca. Corren malos tiempos, y precisamente por eso es buen momento para leer (o releer, ¡qué gran privilegio!) a Camus. ¿Por dónde empezar? Yo lo hice de la mano de su Meursault…

Descubrí El extranjero en primer año de carrera, un momento inolvidable en el que estrenaba tantas cosas que hoy me parecen lejanas: ciudad, estudios, gente…Pocas novelas breves son tan perfectas y contundentes como esa, que nos cuenta la historia de Meursault, un joven aparentemente insensible, incapaz de sentirse parte del mundo. Un hombre que asiste al entierro de su madre dominado por la indiferencia, y que será sometido a un juicio moral. Conservo aún mi ejemplar de bolsillo –un libro prestado y que al final nunca devolví a su dueño-, muy desgastado ya, repleto de anotaciones, de reflexiones que a los dieciocho años me esforzaba por entender, sin saber que aún necesitaría años para comprenderlas, para hacerlas mías a fuerza de vivirlas. Porque El extranjero no es un libro que uno se lee y cierra. No. Una de sus muchas virtudes es que es un libro que nos acompaña a lo largo de nuestra vida, como las buenas obras. Recuerdo, cómo olvidarlo, la fuerza de su prosa a través de esas frases cortas, contundentes, siempre tan lúcidas. Durante años, en momentos complicados o especialmente nostálgicos, he releído esa obra y siempre he encontrado detalles nuevos, ideas que se han enlazado con otras que tenía previamente anotadas. La última vez que lo releí fue en 2011, mientras escribía El sol de Argel

<<Hubiera querido tratar de explicarle cordialmente, casi con afecto, que yo nunca había podido lamentar nada verdaderamente. Estaba siempre acaparado por lo que iba a suceder, por hoy o por mañana>>.
Albert Camus, El extranjero.

Siempre quise que en mi primera novela, que también me ha acompañado durante muchos años –alzándose poco a poco y en permanente batalla por un equilibrio que parecía que nunca iba a conseguir–, estuviera muy presente la literatura en general, y Camus en particular. Por casualidades de la vida, tenía yo 29 años en ese momento incierto en el que, como tantos otros autores, empecé a creer en lo que escribía, tras años de borradores y ejercicios para exorcizar a la hoja en blanco acumulados al fondo de un cajón. Camus tenía 29 cuando en 1942 publicó  L’Étranger, una obra llamada a marcar una época. Y mientras escribía la novela, que por aquellos entonces no tenía título, sabía cuál sería una de las ideas centrales de la historia:

“En algún momento de nuestra vida, todos somos extranjeros de nosotros mismos”

Una frase que le dicen a Martín, el protagonista de mi historia, cuando, totalmente desorientado, busca respuestas para entender el suicido de su hermano gemelo idéntico. En medio de esa búsqueda, un viaje al interior de tantas cosas, empezando por él mismo, Martín se aferrará a El extranjero como una suerte de guía para entender al hermano muerto:

<<A raíz de la mudanza, también había cogido la costumbre de releer al azar pasajes de El extranjero, al menos ya lo había leído un par de veces desde mi llegada. Era una especie de obsesión que no terminaba de entender pero que, sin duda, había llegado para quedarse, y yo estaba más que dispuesto a acogerlo en mi reducido espacio. Me maravillaba que un libro tan breve como ese me ofreciera cada vez más lecturas sobre mi hermano>>.

Concebí a Matías, el otro protagonista de la novela, quien nada más arrancar la historia se suicida, como un antihéroe, tal y como muchos críticos entienden a Meursault. Matías tiene, a priori, todo para ser feliz: una carrera, una relación, una familia que le apoya. Pero decide apartarse de todo, insensibilizarse. La apatía se adueña de él y acaba convirtiéndose en un extranjero de sí mismo y de todos los que le rodean. Al igual que le sucede a Meursault, Matías será juzgado por su familia, especialmente por su hermano gemelo. Investigar lo sucedido, pero especialmente juzgar, cuestionarse el modo de ser de Matías, es lo que hará el narrador de El sol de Argel en ese viaje que comienza con a raíz de una muerte que nadie espera ni comprende. 

Mucha gente cree que El extranjero es un libro oscuro con el que es difícil conectar. A mí me parece que es una historia que desprende humanidad; eso sí, es imposible desligar la historia que narra del momento histórico en el que fue concebida. Separar El extranjero de la Europa de posguerra sería algo así como pretender que en los periódicos españoles no apareciera en estos días la palabra crisis. Devastada tras dos cruentas guerras mundiales, el escenario sobre el que se pasea Camus cuando llega a Europa procedente de Argel hace pensar en la absurdez del destino. Y es que en tiempos convulsos es imposible que el existencialismo no se pasee por delante de la mente de los creadores. “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande: consiste en impedir que el mundo se deshaga”, diría en su discurso al recibir el Premio Nobel, años más tarde.

En mi humilde homenaje a esta grandísima novela me permití, además, jugar con los nombres de los principales protagonistas. Todos comienzan por M., algo que comparten con Meursault. Más allá de todo esto, la sombra es muy alargada: El extranjero es un clásico y una obra que ha marcado a generaciones de lectores, un libro de vigencia cuyo mensaje sigue siendo necesario hoy; por su parte, El sol de Argel es sólo un debut literario lleno de luces y sombras, una primera piedra de un edificio aún sin construir que es mi carrera literaria. Pero me siento moderadamente orgullosa de haber sabido rendir este homenaje de manera atractiva. No es fácil homenajear a alguien a quien admiras sin caer en la repetición, en la pesadez. Y me permito decir que lo he hecho de manera atractiva porque mucha gente que no había leído El extranjero lo ha hecho después de asomarse a El sol de Argel. Por desgracia, no es una obra que en mi generación se haya leído mucho. El tiempo le ha hecho a Camus toda la justicia que merecía. Su temprana muerte no ha impedido que hoy le recordemos, yo al menos, con tanta luminosidad como esas playas de Argel que tanto cegaron a Meursault.

Mi ejemplar de segunda mano y editado en los 60, comprado en París
Yo no esperaré para volver a Meursault, a Marie y a las playas de aguas cristalinas. En un reciente viaje a París encontré –de nuevo, la vida nos demuestra la importancia de las pequeñas cosas– en un puesto a orillas del Sena una bonita edición antigua que me traje de vuelta a Madrid. Será especial leerlo por primera vez en el francés en el que fue escrito… 

Aquí dejo dos enlaces a dos reseñas muy queridas en las que se habla del juego entre El extranjero y El sol de Argel.




jueves, 20 de septiembre de 2012

Entrevista con Martín Sotelo, autor de Bailes de medio siglo



Martín Sotelo: “Siempre me han gustado los narradores poco fiables”

Bailes de medio siglo (Nocturna) es su primera novela publicada, pero de su narrativa se desprende que Martín Sotelo (Toledo, 1982) lleva ya un gran camino recorrido y que tiene por delante una esperanzadora carrera. Admirador de Onetti, de Marsé y de Rulfo, entre otros, recomienda a Faulkner –“un cuentista, un fabulador nato” – y afirma que le gustan los narradores “poco fiables” y la sensación, como lector, “de terminar convirtiéndote en escritor de aquello que estás leyendo”. Con Bailes de medio siglo ha conseguido que, en los tiempos que corren, se hable de un autor joven que está comenzando. Su prosa cuidada se pone al servicio de una historia dura narrada en varias voces –que parte, inicialmente, de un hecho real – sobre fantasmas del pasado, deudas de sangre y otros puntos oscuros de la naturaleza humana.

-Pregunta: Con esta novela debutas en el panorama literario. ¿Cómo es la sensación de lanzar tu primera obra al mercado? Estamos en un momento económico tan delicado que pocos sellos apuestan por autores noveles. ¿El horizonte es desolador o aún tenemos que confiar en aquello de que el talento siempre encuentra el camino?

-Respuesta: El camino para el que escribe es escribir. Yo tuve suerte de que una editorial como Nocturna, cuyo trabajo de edición es encomiable, apostara por mí, por la primera novela de un autor joven totalmente desconocido. No suele ser lo normal. Lo normal es publicar gracias al amiguismo de los contactos, a los agentes literarios y a los lametones. En este sentido, yo no le debo nada a nadie. Y me siento muy orgulloso de que la novela se haya abierto camino sola. 

-P.: De la mano de los personajes protagonistas, la novela recorre un sinfín de emociones y puntos oscuros de la naturaleza humana, como el miedo, la venganza, la posesión, la culpa, etc. Más allá del doble crimen que relatas, Bailes de medio siglo parece una historia de emociones, del lado turbio del hombre, y de cómo a veces no hay salvación posible. ¿Qué opinas?

-R.: A mí me interesa la verdad, la verdad personal de cada uno, intentar saber cómo son los demás, y cómo soy yo. Y como dice una canción de Nacho Vegas: la verdad fue escrita en las sombras. Así que en las sombras debe adentrarse uno si quiere hallar algún tipo de verdad. Aunque la novela total, como decía Stevenson, sería aquella en la que hubiera un momento para bailar y otro para llorar, para ser duro así como para ser sentimental, para ser ascético así como para glorificar los apetitos, y si una persona combinase todos estos extremos en su obra, cada uno en su lugar y proporción, esa obra sería la obra maestra universal tanto de la moral como del arte. Pero eso está al alcance de muy pocos, de un Cervantes, un Shakespeare, un Moliere, un Dickens, o un John Ford, en cine.

-P.: Basada, inicialmente, en una historia real, decides continuar por tu cuenta. ¿Qué era lo que más te interesó de esa historia cuando la oíste por vez primera y qué era lo que más te interesaba plasmar en las páginas de la novela?

-R: La historia real me empezó a interesar en el momento en que descubrí que el mismo hombre que había matado a su mujer mató también, cincuenta años antes, al primer marido de ella. Me empecé a imaginar cómo serían esos cincuenta años de convivencia, esa deuda de sangre que ella contrae con el hombre que fue capaz de matar por ella, por su amor. Narrar esa convivencia fue lo que me impulsó a escribir la historia. Una historia –hay que dejarlo claro– totalmente ficticia e imaginada.  

-P.: En la novela tienen un peso muy importante la ciudad de Madrid y la época en la que transcurre la historia. ¿Cómo ha sido el proceso de recrear una ciudad que empieza, como el resto del país, a cambiar poco a poco?

-R: Yo escribí esta novela en el pueblo, echando de menos Madrid, en donde viví tres años. No me documenté para contar medio siglo de este país porque no era eso lo que me interesaba, sino el conflicto íntimo de dos personas que viven aisladas y de espaldas a dicha historia. Quería demostrar que, por mucho que un país avance en libertades, ciertos conflictos emocionales siguen y seguirán intactos. 

- P: Hablando de los personajes del pueblo manchego, del cotilleo y el debate que surge a raíz del asesinato, estos pasajes me recuerdan mucho, y en general todo el estilo de la novela, a Onetti. En su novela Los adioses contemplamos cómo la historia es narrada, interpretada y a veces manipulada por varios personajes. Cada uno, como en tu historia, nos cuenta una parte de lo que ha vivido. La atmósfera de la historia y los personajes también me recuerdan mucho a él. Se trata de un autor de referencia para ti, ¿verdad?

-R: Onetti es un vicio. Le releo sin parar. Es un autor inagotable, cuya prosa, tan sinuosa, elegante y llena de pequeños matices, ya me gustaba con 20 años, pero que gana con el paso del tiempo, como los buenos vinos. Pasajes de su obra que de joven no entendías, de pronto un día los comprendes, llegando a saborear matices que sólo es posible captar cuando los años, o la vida, te enseñan de qué va la cosa. Por otra parte, a mí siempre me gustaron los narradores poco fiables y esa sensación, como lector, de terminar convirtiéndote en escritor de aquello que estás leyendo. Creo que es lo mejor que la literatura nos puede ofrecer: el convertirte en escritor de lo que lees. 

- P: ¿Cuál ha sido la mayor dificultad a la hora de escribir esta novela?

-R: La de siempre: saber encontrar la distancia justa y adecuada. Hay que implicarse hasta lo más hondo que uno pueda desde un plano paralelo o distanciado. Todo el problema consiste en esto: en saber hablar de uno mismo sin ser tú, convirtiéndote en un personaje para que el personaje te muestre quién eres, para que la máscara descubra el verdadero rostro que hay debajo; y en saber hablar de los demás como si cada uno de ellos fueras tú. En los demás se descubre el artista a sí mismo, y desenmascara en sí mismo a los demás. Sin distancia, uno termina hablando de sí mismo desde la confusión y el patetismo, y de los demás, desde el rencor, la petulancia o el prejuicio. 

- P: Suele haber, en estos tiempos, un enfrentamiento entre estilo y trama. Hay muchos grandes defensores del estilo, pero hoy parece que venden las historias que te enredan en mil tramas y cuya narración deja bastante que desear. ¿Es difícil lograr un equilibrio entre los dos? Si tuvieras que ‘enganchar’ a un lector, ¿preferirías hacerlo por el cómo lo cuentas o por lo que cuentas?

-R: Por ambas cosas, a ser posible. Si una historia no la cuentas bien es como no contarla; y si descuidas el fondo enfatizando la forma es un mero ejercicio de estilo sin ningún interés, algo así como pedir al lector que a cada rato cierre el libro para aplaudirte. Yo procuro que sea el fondo, la materia sensible que sé que voy a manejar, lo que me diga qué forma he de elegir o es la más apropiada. Hay muchos escritores tildados –para mí, injustamente- de estilistas, como Faulkner, por ejemplo. Faulkner, por encima de un estilista o de tener un estilo propio, era un cuentista, un fabulador nato. Cuenta cosas sin parar. En su mejor novela, Absalón, Absalón, suceden más cosas que en cualquier bestseller de ahora supuestamente trepidante de acción. Al igual que en una noche de insomnio pueden suceder más cosas de importancia que en diez vueltas al mundo. 

- P: ¿Te consideras un autor vinculado a cierto tipo de género, en este caso, cercano a la novela negra o eres de los que se atreverían con cualquier tipo de historia?

-R: Yo nunca pienso en los géneros, ni para escribir ni para leer. La novela negra me ha debido de influir mucho, porque me apasiona. Creo que, a día de hoy, es el único tipo de novela que se ocupa de las cosas importantes, de esas cosas que preferimos no ver.  

- P: Los tiempos están cambiando mucho y parece que ahora ya no es normal que el escritor sea esa figura solitaria y tan bohemia. Ahora, muchos autores están metidos en las redes sociales y en permanente contacto con sus potenciales lectores. ¿Es marketing editorial o los nuevos tiempos han modificado el oficio del escritor? ¿Cómo te ves tú en este sentido?

-R: El oficio del escritor es escribir, y tratar de hacerlo cada día mejor. Lo demás es secundario. Yo no entiendo a este tipo de escritor que se pasa el día escribiendo, más que en sus libros, en las redes sociales. ¿De dónde sacan tiempo para escribir sus obras? En realidad los envidio, por disponer de tanto tiempo para hacer tantas cosas. 

- P: ¿Qué obsesiones literarias quieres plasmar en el siguiente libro?

-R: No me gusta hablar de mis próximos proyectos porque es la mejor manera de nunca acabarlos. Puedo hablar de una novela que tengo ya muy avanzada, sobre dos parejas unidas por un médico bastante funesto. Mis obsesiones literarias van evolucionando conforme evolucionan mis obsesiones vitales, pero, para resumir, me interesa el tema de la realidad y el sueño, el tema de la identidad y la apariencia y los personajes que, por alguna razón, viven en la orilla o carecen de voz.   

- P: Hablas de Marsé, Rulfo y Onetti como autores que te han marcado. ¿Qué es lo que más te gusta de cada uno?

-R: De Marsé, su talento para dar vida a sus personajes, su apego por el barrio, las tabernas, la niñez, los marginados, y esa capacidad de mezclar estilos opuestos, el hecho de haber asimilado tan bien, sin que chirríe, a Dickens y Onetti, por ejemplo, para forjar su prosa. De Rulfo, su concisión, su elegancia, su crudeza, su ternura, ese saber decir tanto con tan poco. Y de Onetti, todo ese universo que creó, tan cerrado, tan suyo y tan nuestro, que le servía para vivir en él, para nunca estar solo.  

- P: Dos recomendaciones para despedirnos: un clásico que hayas releído o que vayas a releer, y un libro o autor que hayas descubierto últimamente y que puedas recomendar.

-R: El Quijote, siempre. Y El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe, que leí no hace mucho.