martes, 26 de agosto de 2014

Cortázar: Cien años del Grandísimo Cronopio




Cortázar, de niño (extraído del Álbum biográfico de Alfaguara)

Hace unos días, La 2 emitía un cuidado documental sobre la vida de Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) con motivo del centenario de su nacimiento, que celebramos este 26 de agosto. En su mayor parte, eran textos leídos por él mismo y fragmentos de entrevistas en las que habla de su vida en París y de sus viajes y sus libros. Al principio, con su acento argentino en el que se cuelan unas erres inconfundiblemente francesas, comentaba, a modo de presentación, su ya conocida  frase: “soy un argentino que nació por casualidad en Bélgica”. Ese elemento imprevisto, ese ‘accidente’, como prefieren destacar algunos biógrafos cuando hablan de su origen belga, es el punto de partida de uno de los escritores más respetados de todo el siglo XX. Un autor que nació y murió en Europa, donde vivió gran parte de su vida, y que sin embargo es una pieza fundamental de la literatura latinoamericana. Fue lector y viajero, amante del jazz, de la literatura de autores como Julio Verne, Borges, Virginia Woolf o Roberto Arlt, de la poesía de Keats, Salinas y Rimbaud. Fue un gran traductor, un escritor metódico que corregía y corregía –no soportaba las erratas– y, en lo personal, un hombre comprometido políticamente que dio la cara por sus compatriotas y por los oprimidos debido a las dictaduras; por ello, sus libros fueron prohibidos en Argentina durante los años 70 –en 1981, en protesta contra la dictadura militar argentina, adoptaría la nacionalidad francesa–. 

Poco amigo de la biografía en detalle (“eso que lo hagan los demás cuando yo haya muerto”, dijo en 1981), contaba que desde pequeño, su “tiempo y espacio eran distintos”; criado sin la figura paterna, le gustaba tanto leer que un médico llegó a recomendar a su madre que le alejara de los libros durante unos meses, pero ella, que era “muy sabia y sensible” se dio cuenta de que eso no le hacía ningún bien. Cortázar fue un joven que soñaba con París y que en su vejez añoraba Buenos Aires. Muchos de los pasos que dio a lo largo de su interesante vida se pueden rastrear a través de la fotografía. No puede faltar en toda biblioteca de un cortazariano el hermoso álbum biográfico que Alfaguara publicó este año con motivo del centenario de su nacimiento (Cortázar de la A a la Z, edición de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga). Una suerte de diccionario biográfico que se pasea por los momentos más especiales de ese gran jugador. Porque si algo definía a Cortázar es su eterna cualidad de niño que invita al juego. El hecho de que uno de sus textos imprescindibles, Rayuela, tome el nombre de un afamado entretenimiento infantil basta para dejarnos claro que toda la literatura de Cortázar establece un juego con sus lectores. Otro ejemplo sería el breve relato Continuidad de los parques, en el que vemos claramente cómo la literatura es un divertimento. ¡Y qué decir de sus cronopios, esos seres verdes y húmedos, idealistas y tan poco convencionales! Nos hizo cómplices de una realidad que él entendía como fantástica, y que así la trasladó a cuentos tan inolvidables que muchos le consideran uno de los maestros indiscutibles del género y el autor que revolucionó las letras hispanoamericanas, aunque estoy convencida de que él no hubiera estado de acuerdo con esas afirmaciones:   

“Un escritor de verdad es aquel que tiende el arco a fondo mientras escribe y después lo cuelga de un clavo y se va a tomar vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles pueden pretender modificar su trayectoria o correr tras ella para darle empujoncitos suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones internacionales”.

“La verdad es que la literatura con mayúscula me importa un bledo, lo único interesante es buscarse y a veces encontrarse en ese combate con la palabra que después dará el objeto llamado libro”.

Manual de instrucciones: citas y anécdotas

Tal y como él hiciera con sus lectores en Manual de instrucciones, dándonos las claves para cantar, tener miedo o llorar, entre otras muchas cosas, creo que una de las mejores maneras para conocer al Cortázar autor y al hombre es a través de sus anécdotas y sus reflexiones. Uno de los recuerdos más curiosas se remonta a su niñez, cuando empezó a escribir poemas antes de centrarse en la prosa. Cortázar los definía como “malos, cargados de sentimientos ingenuos y de toda la cursilería de un niño”, pero al mismo tiempo asombraban por la “eficacia formal, por las estructuras rítmicas”. Su madre, orgullosa, decidió mostrárselos al resto de la familia y esta declaró que esos sonetos eran plagiados, copiados de algún libro, puesto que Julio siempre estaba leyendo. La madre le preguntó si lo que decían sus familiares era cierto, y los poemas pertenecían a algún libro. “Creo que nunca he llorado tanto”, dijo.

“¿Cuáles son sus planes para el futuro inmediato?”
“Sacar esta maldita hoja de la máquina y servirme un pernod doble con mucho hielo”
(De una entrevista realizada por la editorial Pantheon, 1964)

Un día recibió una conmovedora carta de una lectora joven de Estados Unidos que estaba a punto de suicidarse y empezó a leer Rayuela. Cuando lo terminó, tiró las pastillas porque comprobó que sus problemas no eran únicamente de ella, sino de mucha gente. Agradecida, envió una carta al escritor para decirle que su libro le había salvado la vida.

“Entonces, cuando se publicó Rayuela descubrí que estaba destinado a los jóvenes y no a los hombres de mi edad. ¿Por qué? Yo creo que es porque en Rayuela no hay ninguna lección. A los jóvenes no les gusta que les den lecciones (…) Los jóvenes encontraban allí sus propias preguntas, sus angustias de todos los días, de adolescentes y de la primera juventud”.

En el año 1942, dio la vuelta a Argentina gracias a un boleto para maestros y profesores que valía 80 pesos y que permitía usar toda la red de los ferrocarriles del estado en primera clase, subiendo y bajando donde uno quisiera.

“Silbar viejos tangos centrados en melancólicos destinos de ida o de venida es una de mis muchas maneras de seguir estando en Buenos Aires”

Se confesaba un gran viajero por culpa de Julio Verne. La lectura de sus libros hizo que los viajes fueran para el pequeño Cortázar el objetivo final de su vida. De hecho, con diez años le dijo a su madre que quería ser marino, pero ella decidió que era mucho mejor que fuese maestro. No llegó a ser marino, pero cumplió su vocación de ser viajero y ver mundo.

“Yo soy profundamente internacional. Soy absolutamente lo contrario del escritor, sobre todo latinoamericano, que le gusta quedarse en su país, en su rincón, y hacer su obra en torno a lo que lo rodea”

Cortázar tenía la costumbre de leer los libros subrayando y marcando. Subrayaba toda aquella frase que significaba para él un descubrimiento, una sorpresa o incluso una revelación. Algunos epígrafes de sus cuentos salen de esa experiencia de marcar y guardar un pequeño fragmento que después halló el lugar preciso que le correspondía.

“Suponiendo que pudiera rehacer mi vida, la música me interesaría más que la literatura”.

El argentino era una persona muy optimista y vital, confesaba que no era nada religioso, pero dedicaba muchas reflexiones a la muerte y está muy presente en sus textos.

“Para mí la muerte es un escándalo. Es el gran escándalo. Creo que no deberíamos morir y que la única ventaja que los animales tienen sobre nosotros es que ellos ignoran la muerte”.

1914 y 1984, dos cifras unidas por el azar

El azar, ese elemento que tanto le gustaba y que le marcó desde su nacimiento, hace que este año le recordemos doblemente: en febrero se cumplieron treinta años sin él, y este mes de agosto se conmemora el centenario de su nacimiento. Un año, el 2014, muy especial para todos los amantes de su literatura, ya que en septiembre, Cortázar volverá a acercarse a nosotros de la mano de la editorial Libros del Zorro Rojo, que publicará La puñalada/El tango de vuelta, un libro originalmente publicado tras la muerte del escritor y que tras estar perdida, ahora ha sido recuperada por esta editorial. 

La obra está ilustrada por el reconocido artista holandés Pat Andrea, y cuenta con un epílogo de Enrique Vila-Matas. Este libro se une al ya mencionado Cortázar de la A a la Z. Álbum biográfico, editado por Alfaguara y que recomiendo a todos sus lectores y a aquellos que quieran adentrarse en su biografía y carrera. Es una pequeña joya visual que nos acerca al hombre casi tanto como al autor. Una gran manera de seguir manteniendo a Cortázar vivo a través de sus textos, permitiendo, como a él le gustaba, invitar al juego. Porque la literatura era para el autor ante todo una actividad lúdica.

“Me consideraré hasta mi muerte un aficionado, un tipo que escribe porque le da la gana, porque le gusta escribir”

Cortázar, en su amada París




martes, 22 de julio de 2014

Ernest Hemingway, una vida intensa




"La papelera es el primer mueble en el estudio de un escritor", dijo en una ocasión, dejando para la posteridad un valioso (aunque hiriente) consejo para todo aquel que tenga intenciones de sentarse frente a la hoja en blanco. Este mes de julio hubiera cumplido 115 años Ernest Hemingway, uno de los autores más polémicos e interesantes de la Historia de la Literatura. Nacido en 1899 en Illinois, su padre quería que se convirtiera en médico, pero el joven Hemingway no tenía demasiado interés por la medicina o por la universidad, por lo que prefirió elegir uno de los oficios más bonitos del mundo: el de reportero.Su conciso estilo literario probablemente se forjó en esos años gracias a los consejos de su editor en el Kansas City Star. Fue él quien le recomendó que usara siempre frases cortas, un consejo que el periodista trasladaría tiempo después a la narrativa, sentando las bases de un estilo que tiene tantos admiradores como detractores. Hemingway es de esos personajes que son amados u odiados, pero nunca resultan indiferentes.

 
Una de sus obras más emblemáticas
Si uno pasea por míticos bares de la geografía española, no es raro encontrar el cartel que recuerda que Ernest Hemingway estuvo sentado en ese lugar. El autor de Parísera una fiesta no sólo ha pasado a la historia por sus notables textos y por su personalidad, sino por su manera de disfrutar la vida. Cualquiera que lea esa obra tan fundamental para entender su época y su vida podrá recorrer algunos de los muchos locales de moda a los que Hemingway era asiduo durante los años veinte, locales donde se codeaba con otros miembros de la Generación Perdida como Scott Fitzgerald o la influyente Gertrude Stein. En aquel momento, tal y como él dijo: "
Llegar a todo aquel nuevo mundo de literatura, con tiempo para leer en una ciudad como París, era como si a uno le regalaran un gran tesoro". Esa época estuvo marcada por el escaso dinero que tenía, pero también por una inmensa felicidad en el que era su primer matrimonio.

Tiempo después, cuando ya se había convertido en una celebridad, seguía regresando a su amada París y se alojaba en el Ritz, en una habitación que daba a la Place Vendome. Esa época la retrata muy bien el escritor madrileño Juan Laborda en su novela La fragilidad del neón (Editorial Alrevés), donde recrea la París de los años 60, y menciona en más de una ocasión el Bar Hemingway, donde quizás aún se pueda degustar uno de los Martinis que tanto le gustaban…

Francia, España o Cuba, testigos de sus viajes


Apasionado de los viajes, la caza, las mujeres, el alcohol y la buena gastronomía, bien se podría decir que no rechazaba nada que implicase una gran aventura. Hemingway no responde a esa imagen del escritor encerrado en una bohardilla en constante soledad. Al contrario, su obra y su vida siempre van enlazadas, y todos sus textos están profundamente marcados por las experiencias de las que fue testigo. Empezando por su Estados Unidos natal, países como Francia, España o Cuba son testigos de la peculiar forma de vida del narrador y periodista, miembro de la conocida Generación Perdida. Toda aquella experiencia que vivía estaba destinada a convertirse en material narrativo. Vivió de manera intensa, y ese calificativo puede trasladarse a toda su literatura, a través de la cual se puede rastrear los diversos oficios que tuvo el escritor nacido en Illinois. 

Un joven Hemingway, en la I Guerra Mundial
“El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar”, dijo en una ocasión. Fiel a esa filosofía, Hemingway no dudó en implicarse en la I Guerra Mundial cuando Estados Unidos entró en ella. Su deseo era combatir, pero fue declarado no válido por una antigua lesión en el ojo, motivo por el cual ofreció sus servicios de conductor de ambulancias a la Cruz Roja. Era apenas un joven de diecinueve años que venía de trabajar como reportero, pero no le importó la escasa experiencia. Pocos se imaginaban que ese joven, herido en el frente italiano, acabaría siendo el autor de obras tan relevantes como Por quién doblan las campanas o Adiós a las armas


Ver la muerte tan de cerca hizo que se obsesionara por ella y la siguiera a lo largo de su vida. Quizás por eso llevó siempre una vida tan intensa, como si cada día que amaneciera pudiera ser el último con vida. Una intensidad que también lo acompañó en el plano sentimental, ya que estuvo casado cuatro veces, aunque los estudiosos de su vida dicen que su verdadero amor fue la enfermera Agnes von Kurowsky. La historia con esta mujer quedó reflejada en Adiós a las armas, una de sus obras más autobiográficas. El libro narra el amor de un joven soldado con una enfermera en la Italia de la I Guerra Mundial, una experiencia que él vivió al ser herido de gravedad en las piernas. Ella es la Catherine Barkley que protagoniza el libro; se conocieron en 1918 y cuando él regresó a Estados Unidos estuvieron escribiéndose. Hemingway estaba decidido a esperarla para casarse con ella. Pero Agnes –también estadounidense, y  años mayor que él– finalizó la relación por carta un año después. Le pedía que la entendiera y esperaba que fuera capaz de perdonarla con los años. No volvieron a verse, y se dice que esta historia fallida marcó profundamente al narrador. 

Amado u odiado

Cuando uno rastrea la vida del estadounidense parece que, hasta el final de su existencia, cuando una depresión le ganó la batalla, todo fueron éxitos y reconocimientos, mujeres y viajes, adrenalina en estado puro. Sin embargo, a pesar de recibir el Premio Nobel de Literatura y de gozar del reconocimiento, no todas las opiniones hacia su estilo directo y llano eran positivas. Son muchos los que piensan que la fama del autor de Illinois vino dada por su forma de vivir, más que por sus obras. Famosa es la demoledora frase de desprecio que Vladimir Nabokov le dedicó: "En cuanto a Hemingway, lo leí por primera vez en los años 40, algo sobre campanas, balas y toros, y lo aborrecí". En inglés, el juego de palabras hace la sentencia todavía más hiriente: “(...) something about bells, balls and bulls, and I loathed it”. Otro compatriota, William Faulkner, con un estilo literario totalmente opuesto, también criticó a Hemingway, de quien dijo que no sería recordado por hacer que un lector buscara una palabra en el diccionario. El autor de El viejo y el mar no se quedó callado y le respondió lamentando que Faulkner pensase que "las grandes emociones provenían de largas frases". Quizás, si hubiera una escala de dureza, el comentario más demoledor sería casi sin dudas el que le dedicó Jorge Luis Borges tras su muerte: “Hemingway se dio cuenta de que era un mal escritor y se disparó un tiro en la cabeza. Ese hecho de alguna manera lo redime”.  

Amado u odiado, es innegable la influencia que su manera de narrar ha tenido en otros escritores, como Raymond Carver, e incluso cineastas. En una de las últimas -y de las mejores- películas de Woody Allen, Midnight in Paris, la figura de Ernest Hemingway tiene una breve aparición, y es presentado como un personaje vividor y embaucador que está a punto de viajar a África. Parece imposible que escape al mito, a la idea que todos tenemos de él.  

Otro debate, que daría para otra interesante entrada, es si el propio Hemingway pasó su vida más preocupado de forjar ese mito de macho, de hombre fuerte y amante de los riesgos, que tantas fronteras traspasó, que de labrarse una carrera como escritor. ¿Es Hemingway un escritor universal, o tuvo una vida universal? El Hemingway bélico, el mujeriego, el taurino y el aventurero, todos ellos cabían dentro del escritor, pero su inestabilidad emocional al final lo abocó al suicidio. Quizás, en ese momento acabó saliendo al exterior el hombre angustiado, el melancólico, el hombre que amó muchas veces, el abatido. Y ese hombre, que también era Ernest Miller Hemingway, acabó devorando al mito un día de julio de 1961.

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sábado, 5 de julio de 2014

Antoine de Saint-Exupéry, una vida ilustrada




En el aburrido mundo de los adultos, un universo en el que, como bien sabía el principito, suelen primar las cosas tan irrelevantes como las apariencias o el precio de los objetos, surgen a veces, a modo de milagro, personas fascinantes. Antoine de Saint-Exupéry lo fue. Sólo alguien tan especial como él podía crear un libro que sigue siendo referencia para tantas generaciones de lectores, una obra universal apta para niños de todas las edades. Se necesita una gran humanidad y una sensibilidad excepcional para analizar el complejo mundo de los adultos y plasmarlo en el papel con una sencillez no exenta de belleza. De sobra es sabido que autor y obra siempre van de la mano, y muchos escritores han confesado la unión tan ‘personal’ que han mantenido con algunos de sus personajes más relevantes. En el caso del escritor galo, hasta sus biógrafos han reconocido que es raro encontrar a un autor más ligado a su personaje que Saint-Exupéry a su principito de rizos dorados. Por caprichos del destino, el aviador no pudo disfrutar del éxito del libro, aunque quizás, de alguna manera, lo intuía y se dice que volaba con una copia para leérsela a sus compañeros. En el verano de 1944, pocas semanas antes de que París fuera liberada, el rastro de su avión, que partió desde Córcega, se perdió para siempre. 

El principito, publicada en las postrimerías de la II Guerra Mundial, con el telón de fondo de una Europa derruida, es uno de los libros más leídos del mundo. Las conmovedoras ilustraciones que el propio Saint-Exupéry realizó, acompañadas de citas tan conocidas como su: “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”, son un icono popular. La crítica al universo de los adultos, marcado por la escasa comprensión que muestran ante todo aquello que se aleje de lo que ellos conciben por importante, y por el alto valor que le dan a lo material y a las apariencias, es uno de los ejes centrales del libro. La soledad -que el propio escritor sintió en primera persona cuando residió en Nueva York y se sintió fuera de lugar al no hablar inglés y no poder volar-, las responsabilidades y las relaciones humanas son otros temas centrales de una obra que los niños aprecian como un cuento y los adultos como un libro para pararse y reflexionar sobre el mundo en que vivimos.  

Mucho se ha escrito sobre este libro, y ahora la editorial madrileña Sexto Piso –en mi opinión, una de las que mejor catálogo tiene y que más arriesga en estos tiempos oscuros– ofrece un homenaje a su creador con una preciosa biografía ilustrada por el artista checo Peter Sís. Una auténtica joya pensada para todos los amantes de El principito, pero también para todos aquellos curiosos que no sepan mucho de la vida del aviador, y por supuesto para los apasionados de los libros ilustrados. Y es que, ¿qué lector de El principito no ha fantaseado alguna vez con la posibilidad de que Antoine de Saint-Exupéry no hubiese fallecido? Que su avión, perdido en aguas del Mediterráneo, volase lejos, tan lejos que fuera capaz de cruzarse, quién sabe cuándo y dónde, con ese niño de cabellos dorados que en su imaginación estaba muy vivo. Igualmente, mucho se ha hablado y especulado durante  años de ese avión y del cuerpo del francés, que nunca fue hallado. Al fin y al cabo, Antoine era un piloto experimentado que sobrevivió a varios accidentes de aviación...Sin embargo, hace unos años, en 2008, el misterio sobre la desaparición del avión que pilotaba Saint-Exupéry -el Lightning P-38-, quedó más resuelto gracias al testimonio de un piloto alemán que afirmaba haber derribado el avión del escritor. En esta biografía, Peter Sís prefiere dejar un final más abierto y esperanzador. Como si quisiera decirnos: Antoine de Saint-Éxupéry pertenece a todos sus lectores, y cada uno puede elegir para él el final que más desee. Yo, personalmente, prefiero este cierre tan poético y, por qué no, tan nostálgico.

El piloto y el principito es una obra breve llena de detalles. Sorprenden las cuidadas ilustraciones a dos páginas, llenas de pequeños guiños para pequeños y adultos, y a través de los cuales entendemos la íntima relación con el aire que el escritor galo, nacido con el comienzo del siglo XX, mantenía. La cartografía, el limpio horizonte, la presencia casi constante del mar…Elementos que siempre formaron parte de la breve vida del aviador, y que sin duda le inspiraron para concebir El principito. Una vez más, comprobamos cómo la vida de un autor influye en sus textos y en su visión de la literatura. No se puede separar la experiencia vital del escritor de sus textos. Aunque quizás no todos lo sepan, Saint-Exupéry fue autor de otras obras sobre el universo de la aviación –Tierra de hombres y Vuelo nocturno, por citar algunas–, y en esta biografía se homenajea precisamente esa pasión por el aire y por los aviones. Una pasión que, finalmente, condujo a Saint-Exupéry a la muerte.

<<Desde los cielos, Antoine veía el fuego, el humo y la destrucción que los alemanes iban dejando a su paso mientras se precipitaban desde el norte. Invadieron Francia el 10 de mayo de 1940 y el país cayó en solo treinta y ocho días. La unidad de Antoine fue enviada al norte de África y su labor concluyó. De regreso a Francia, se dio cuenta de que no era capaz de vivir bajo la ocupación alemana…>>.

La narración, como se aprecia, es tan sencilla que recuerda al estilo de El principito. Está concebido como una suerte de cuento sobre la interesante vida del aviador, de la gente con la que se cruzó y de los lugares que visitó. Y de cómo todos ellos acabaron, de una manera u otra, en sus textos. Las ilustraciones son grandiosas. He seleccionado algunas imágenes del libro para esta entrada, ya que creo que merecen ser destacadas y contempladas una y otra vez. Además de ser un magnífico artista, el checo Peter Sís es un admirador de esta obra, y lo demuestra con este hermoso trabajo, por el que ha recibido un notable reconocimiento.

  Se cumplen ahora setenta años de la desaparición de este intrépido aventurero y Sexto Piso nos regala un particular homenaje al creador de una obra universal. Una gran oportunidad para conocer al hombre que hay detrás de esa leyenda, un hombre que también fue inventor y al que le encantaba jugar con niños y fabricar para ellos aviones de papel. Acaso porque él sabía mejor que nadie que la imaginación es poderosa y tiene alas que pueden llevarla tan lejos como ella quiera.  

miércoles, 21 de mayo de 2014

El oscuro abismo que nos aleja de aquellos a quienes más conocemos



“Uno nunca deja de sorprenderse del abismo que le separa de quien más conoce”. Lo dice Endre Solberg, protagonista de La oscuridad, nueva novela de Ignacio Ferrando. Esta frase tan potente, tan cierta y, por ello, tan peligrosa, bien podría resumir el argumento del trabajo con el que el escritor asturiano regresa a las librerías. Un regreso muy dulce, porque su último texto, La piel de los extraños, del que ya hablé aquí en su momento, recibió no solo excelentes críticas, sino el Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado ese año. 

En La oscuridad, publicado por la editorial palentina Menoscuarto, Ignacio Ferrando nos regala un intenso relato psicológico con una atmósfera densa y agobiante, y un arranque con toques de novela negra. En el libro, los lectores que ya conocen su narrativa se encontrarán de nuevo con muchas de sus obsesiones literarias: la identidad, lo real y lo falso, la imposibilidad de conocer al otro –por muy cercano que nos resulte– y las relaciones de pareja como una metáfora del comportamiento en sociedad.  Me decía el escritor en una entrevista pasada, que para él la identidad es, “además de lo que somos, lo que los otros dicen que somos”. Por eso en sus historias, las relaciones de pareja funcionan como un efectivo bisturí para diseccionar los comportamientos de los personajes, sus zonas luminosas y las oscuras, aquellas que esconderían hasta de sí mismos. Porque La oscuridad arranca cuando todo se desmorona en la vida de Endre Solberg, un director de cine experimental que acaba de perder a su mujer, Liv, en lo que parece ser un suicidio. En pleno invierno ártico, la pequeña población noruega en la que reside Endre parece ser un lugar apacible, donde nada escapa de la rutina habitual. Sin embargo, cuando regresa a su casa tras el velatorio, encuentra a Liv viva en el salón, esperándolo, como si nada hubiera sucedido y la vida siguiera su curso.

<<Las cosas se simplificarían si tuviera la piel cetrina, apergaminada, si su vestido fuera de sarga o de tela de saco, o si aullara y arrastrara tras de sí cadenas y grilletes, es decir, si fuera un fantasma al uso, convencional, justificado por mi ridícula necesidad de que ella siga viva (…) Pero sé que los fantasmas solo regresan para complicarnos la vida, para recordarnos que no hicimos algo bien, que les fallamos, que somos parcialmente culpables de su existencia>>.

 Desde el primer capítulo, la incertidumbre y la tensión están servidas. ¿Quién es esa mujer que dice ser Liv y que físicamente es igual que ella? ¿Es una loca? ¿Es una broma pesada? ¿Una lógica pero angustiosa alucinación de un marido que empieza a afrontar el duelo? Las preguntas, las hipótesis y las suposiciones forman parte de este ingenioso juego creado por Ignacio Ferrando. Más allá de la lectura en clave de thriller, por todo el libro sobrevuela el tema de la identidad y la forma en que nos comportamos de cara al exterior: ¿Quién era realmente Liv? ¿La conocía Endre, su propio marido y con quien pasaba su vida? ¿Qué clase de matrimonio eran o daban a entender que eran? 


Como en todo buen texto, el diálogo con el lector está presente a lo largo de la narración. El personaje de Liv, actriz frustrada que mantenía una tensa relación con su esposo, se va deconstruyendo a medida que Endre indaga en la identidad de la nueva mujer que la suplanta en su casa. La historia avanza como si fuera uno más de los guiones inacabados de Endre, y él es consciente de hasta qué punto su realidad parece un intento de representación y de cómo los tres, él mismo, la esposa muerta y la impostora, juegan a representar esa escena casi de película. La identidad de Endre se enfrenta, a medida que avanza el texto, a sus propios demonios. El hombre que dice ser, el hombre que es ante sus apacibles vecinos, puede que no tenga nada que ver con el hombre que realmente es. La oscuridad, en este caso, nos remite al exterior, pero también al interior, a lo que todos llevamos dentro.

<<¿Te das cuenta?, pienso, tú y yo como evasivas de nosotros mismos. Ambos fingiendo ser quienes no somos. Acaso nada haya cambiado entre nosotros, acaso siempre interpretamos otros papeles, acaso, sin saberlo, somos esclavos de lo que otros esperan de nosotros>>.

De la trama no puedo –y no debo– decir más. De su prosa, casi todo se ha dicho. Para muchos es un referente en el género del relato, y este libro es una confirmación de su maestría como narrador de historias, no importa en qué genero. Me sigue sorprendiendo la precisión con la que narra, el ritmo y la musicalidad de cada capítulo; en esta historia, en concreto, el aire cinematográfico -a veces, muchas escenas me recuerdan al suspense de Alfred Hitchcock- y los adjetivos asfixiantes para situar al lector en ese ambiente de ventiscas, de escasa luz y aparente armonía vecinal. Y, sobre todo, su habilidad para que nada sea lo que a priori parece, como sucede en esta estupenda novela.