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martes, 26 de agosto de 2014

Cortázar: Cien años del Grandísimo Cronopio




Cortázar, de niño (extraído del Álbum biográfico de Alfaguara)

Hace unos días, La 2 emitía un cuidado documental sobre la vida de Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) con motivo del centenario de su nacimiento, que celebramos este 26 de agosto. En su mayor parte, eran textos leídos por él mismo y fragmentos de entrevistas en las que habla de su vida en París y de sus viajes y sus libros. Al principio, con su acento argentino en el que se cuelan unas erres inconfundiblemente francesas, comentaba, a modo de presentación, su ya conocida  frase: “soy un argentino que nació por casualidad en Bélgica”. Ese elemento imprevisto, ese ‘accidente’, como prefieren destacar algunos biógrafos cuando hablan de su origen belga, es el punto de partida de uno de los escritores más respetados de todo el siglo XX. Un autor que nació y murió en Europa, donde vivió gran parte de su vida, y que sin embargo es una pieza fundamental de la literatura latinoamericana. Fue lector y viajero, amante del jazz, de la literatura de autores como Julio Verne, Borges, Virginia Woolf o Roberto Arlt, de la poesía de Keats, Salinas y Rimbaud. Fue un gran traductor, un escritor metódico que corregía y corregía –no soportaba las erratas– y, en lo personal, un hombre comprometido políticamente que dio la cara por sus compatriotas y por los oprimidos debido a las dictaduras; por ello, sus libros fueron prohibidos en Argentina durante los años 70 –en 1981, en protesta contra la dictadura militar argentina, adoptaría la nacionalidad francesa–. 

Poco amigo de la biografía en detalle (“eso que lo hagan los demás cuando yo haya muerto”, dijo en 1981), contaba que desde pequeño, su “tiempo y espacio eran distintos”; criado sin la figura paterna, le gustaba tanto leer que un médico llegó a recomendar a su madre que le alejara de los libros durante unos meses, pero ella, que era “muy sabia y sensible” se dio cuenta de que eso no le hacía ningún bien. Cortázar fue un joven que soñaba con París y que en su vejez añoraba Buenos Aires. Muchos de los pasos que dio a lo largo de su interesante vida se pueden rastrear a través de la fotografía. No puede faltar en toda biblioteca de un cortazariano el hermoso álbum biográfico que Alfaguara publicó este año con motivo del centenario de su nacimiento (Cortázar de la A a la Z, edición de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga). Una suerte de diccionario biográfico que se pasea por los momentos más especiales de ese gran jugador. Porque si algo definía a Cortázar es su eterna cualidad de niño que invita al juego. El hecho de que uno de sus textos imprescindibles, Rayuela, tome el nombre de un afamado entretenimiento infantil basta para dejarnos claro que toda la literatura de Cortázar establece un juego con sus lectores. Otro ejemplo sería el breve relato Continuidad de los parques, en el que vemos claramente cómo la literatura es un divertimento. ¡Y qué decir de sus cronopios, esos seres verdes y húmedos, idealistas y tan poco convencionales! Nos hizo cómplices de una realidad que él entendía como fantástica, y que así la trasladó a cuentos tan inolvidables que muchos le consideran uno de los maestros indiscutibles del género y el autor que revolucionó las letras hispanoamericanas, aunque estoy convencida de que él no hubiera estado de acuerdo con esas afirmaciones:   

“Un escritor de verdad es aquel que tiende el arco a fondo mientras escribe y después lo cuelga de un clavo y se va a tomar vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles pueden pretender modificar su trayectoria o correr tras ella para darle empujoncitos suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones internacionales”.

“La verdad es que la literatura con mayúscula me importa un bledo, lo único interesante es buscarse y a veces encontrarse en ese combate con la palabra que después dará el objeto llamado libro”.

Manual de instrucciones: citas y anécdotas

Tal y como él hiciera con sus lectores en Manual de instrucciones, dándonos las claves para cantar, tener miedo o llorar, entre otras muchas cosas, creo que una de las mejores maneras para conocer al Cortázar autor y al hombre es a través de sus anécdotas y sus reflexiones. Uno de los recuerdos más curiosas se remonta a su niñez, cuando empezó a escribir poemas antes de centrarse en la prosa. Cortázar los definía como “malos, cargados de sentimientos ingenuos y de toda la cursilería de un niño”, pero al mismo tiempo asombraban por la “eficacia formal, por las estructuras rítmicas”. Su madre, orgullosa, decidió mostrárselos al resto de la familia y esta declaró que esos sonetos eran plagiados, copiados de algún libro, puesto que Julio siempre estaba leyendo. La madre le preguntó si lo que decían sus familiares era cierto, y los poemas pertenecían a algún libro. “Creo que nunca he llorado tanto”, dijo.

“¿Cuáles son sus planes para el futuro inmediato?”
“Sacar esta maldita hoja de la máquina y servirme un pernod doble con mucho hielo”
(De una entrevista realizada por la editorial Pantheon, 1964)

Un día recibió una conmovedora carta de una lectora joven de Estados Unidos que estaba a punto de suicidarse y empezó a leer Rayuela. Cuando lo terminó, tiró las pastillas porque comprobó que sus problemas no eran únicamente de ella, sino de mucha gente. Agradecida, envió una carta al escritor para decirle que su libro le había salvado la vida.

“Entonces, cuando se publicó Rayuela descubrí que estaba destinado a los jóvenes y no a los hombres de mi edad. ¿Por qué? Yo creo que es porque en Rayuela no hay ninguna lección. A los jóvenes no les gusta que les den lecciones (…) Los jóvenes encontraban allí sus propias preguntas, sus angustias de todos los días, de adolescentes y de la primera juventud”.

En el año 1942, dio la vuelta a Argentina gracias a un boleto para maestros y profesores que valía 80 pesos y que permitía usar toda la red de los ferrocarriles del estado en primera clase, subiendo y bajando donde uno quisiera.

“Silbar viejos tangos centrados en melancólicos destinos de ida o de venida es una de mis muchas maneras de seguir estando en Buenos Aires”

Se confesaba un gran viajero por culpa de Julio Verne. La lectura de sus libros hizo que los viajes fueran para el pequeño Cortázar el objetivo final de su vida. De hecho, con diez años le dijo a su madre que quería ser marino, pero ella decidió que era mucho mejor que fuese maestro. No llegó a ser marino, pero cumplió su vocación de ser viajero y ver mundo.

“Yo soy profundamente internacional. Soy absolutamente lo contrario del escritor, sobre todo latinoamericano, que le gusta quedarse en su país, en su rincón, y hacer su obra en torno a lo que lo rodea”

Cortázar tenía la costumbre de leer los libros subrayando y marcando. Subrayaba toda aquella frase que significaba para él un descubrimiento, una sorpresa o incluso una revelación. Algunos epígrafes de sus cuentos salen de esa experiencia de marcar y guardar un pequeño fragmento que después halló el lugar preciso que le correspondía.

“Suponiendo que pudiera rehacer mi vida, la música me interesaría más que la literatura”.

El argentino era una persona muy optimista y vital, confesaba que no era nada religioso, pero dedicaba muchas reflexiones a la muerte y está muy presente en sus textos.

“Para mí la muerte es un escándalo. Es el gran escándalo. Creo que no deberíamos morir y que la única ventaja que los animales tienen sobre nosotros es que ellos ignoran la muerte”.

1914 y 1984, dos cifras unidas por el azar

El azar, ese elemento que tanto le gustaba y que le marcó desde su nacimiento, hace que este año le recordemos doblemente: en febrero se cumplieron treinta años sin él, y este mes de agosto se conmemora el centenario de su nacimiento. Un año, el 2014, muy especial para todos los amantes de su literatura, ya que en septiembre, Cortázar volverá a acercarse a nosotros de la mano de la editorial Libros del Zorro Rojo, que publicará La puñalada/El tango de vuelta, un libro originalmente publicado tras la muerte del escritor y que tras estar perdida, ahora ha sido recuperada por esta editorial. 

La obra está ilustrada por el reconocido artista holandés Pat Andrea, y cuenta con un epílogo de Enrique Vila-Matas. Este libro se une al ya mencionado Cortázar de la A a la Z. Álbum biográfico, editado por Alfaguara y que recomiendo a todos sus lectores y a aquellos que quieran adentrarse en su biografía y carrera. Es una pequeña joya visual que nos acerca al hombre casi tanto como al autor. Una gran manera de seguir manteniendo a Cortázar vivo a través de sus textos, permitiendo, como a él le gustaba, invitar al juego. Porque la literatura era para el autor ante todo una actividad lúdica.

“Me consideraré hasta mi muerte un aficionado, un tipo que escribe porque le da la gana, porque le gusta escribir”

Cortázar, en su amada París




martes, 13 de noviembre de 2012

Andrés Neuman, narraciones en la frontera


 Tres personajes en una situación extrema son los protagonistas de Hablar solos (Alfaguara), la nueva novela de Andrés Neuman. “Radicalmente distinta” a todo lo que ha escrito anteriormente, y narrada en primera persona, cada capítulo de esta obra cuenta un viaje tan iniciático como decisivo y nos acerca a los pensamientos más íntimos de tres miembros de una misma familia: Lito, Elena y Mario. El primero es un niño de diez años entusiasmado por los camiones; Elena, la madre, es una mujer que empieza a preparar un duelo inminente y que se aferra a la literatura como una tabla de salvación, y Mario, el padre, hace frente a las que serán sus últimas semanas de vida cumpliendo uno de los sueños más grandes de su hijo: hacer un viaje juntos en camión. Si toda literatura es la historia de un viaje, Hablar solos nos propone un recorrido por el dolor y el placer, por el universo del moribundo y del cuidador.

En esta novela hay un gran cambio de registro si la comparamos con la anterior. ¿Qué te llevó a decidirte por contar una historia a tres voces? 

Me estimulaba la idea de oponerme a la novela anterior, que por suerte funcionó muy bien. Quizás por eso, me aterraba la perspectiva de repetir la fórmula o quedarme instalado en la comodidad de un terreno que ya conocía. Quería que la forma, la estructura y el estilo fueran distintos de mis otros libros. Ya en El viajero del siglo hay un personaje muy importante que es una mujer, pero está narrada en tercera persona. Fue un personaje con el que intimé mucho, así que me sentía preparado para abordar la historia de Elena, narrada en primera persona por ella misma. Quería que hablara ella, que yo no tuviera nada que ver. 

En realidad, las tres voces planteaban una especie de imposibilidad, estaban al borde de lo decible: una de las voces es un niño, una experiencia que no volveré a hacer en ningún libro; la otra es la voz de un moribundo y representa una situación al límite, y Elena planteaba el reto de que yo no soy mujer. Son tres voces que me estimulaban mucho y creo que eran necesarias para contar esta historia de manera equilibrada.

El lector pronto se da cuenta de que Elena es la gran protagonista de la novela.

Así es. Las tres voces, como digo, eran vitales, necesarias, pero Elena es la gran protagonista, es a la que más páginas dedico y tiene una voz muy literaria. Por un lado, en las historias de carretera –como es esta–, históricamente siempre se ha tratado de apartar a las mujeres. Era una narrativa muy masculina, esa y la de los viajes. Se me ocurre, por ejemplo, el libro de La carretera, de Cormac McCarthy. Y yo no me creo que Penélope estuviera parada todo el día esperando a Ulises mientras tejía y destejía. No me creo esa construcción tan masculina de la mujer que espera sentada a que el hombre regrese. Así que aquí la altero. El viaje que cuento es iniciático, es de padre e hijo; Lito y Mario se marchan unos días juntos, totalmente solos. Pero Elena no se queda quieta en ningún momento. Para crear a esta mujer me centré mucho en la observación. Veo a las mujeres como un material fascinantemente narrativo, ya que son lo que yo no soy.

La historia cuenta un viaje. En el caso de Mario y Lito, una viaje físico. En el de Elena, un viaje sensorial, interior.

Hay dos tipos de novela: las que narran un viaje y las que cuentan un asedio. Yo quería que este libro contuviera los dos. Lito y Mario viajan, y Elena vive una situación opresiva, un verdadero asedio. 

El tema de la muerte, de cuidar a un ser querido que se está muriendo, es un campo que te resulta muy familiar. Y te sirve para darle mucha voz a la figura del cuidador.

Yo he asistido a la enfermedad de más de un ser querido muy cercano, y sí que creo que no hay lugar social ni político y quizás tampoco narrativo para pensarse a uno mismo desde ahí. Las pocas veces que se aborda este tema es siempre desde el punto de vista del enfermo. No se recorre el proceso del que lo cuida, de la enfermedad que asola al cuidador. Sin embargo, no quería hablar de lo que yo he vivido, no vas a molestar al lector con tus heridas. Quería transformar algo que es muy íntimo, casi intransferible, en una reflexión colectiva, tender un puente entre lo que me pasó a mí, que es totalmente personal, y lo que han vivido otras personas. La ficción tiene eso: nos permite identificar lo propio y ponerle nombre, y aunque parezca difícil, no hay nada más liberador para alguien que está viviendo un momento así que buscar ficciones que planteen situaciones parecidas a la suya.

Los escenarios de la novela son fronterizos, como en El viajero del siglo.

Es algo que va dentro de mi personalidad. Nunca he podido elegir si soy de aquí o de allá. Mi vida siempre ha transcurrido entre las dos orillas, así que no puedo afirmar si soy español o argentino. Cuando restrinjo la historia a uno de mis dos países, automáticamente sé que me falta el otro. En el caso de esta novela, las carreteras que recorren Mario y Lito parecen estar en la frontera imposible entre Latinoamérica y España. Hay referencias a la literatura y a la geografía de las dos orillas. Por el tamaño, a veces parece México, pero cuando describo un bar de carretera parece un escenario español. Me siento cómodo en esta frontera imaginaria, donde no tengo nada que amputar.

Elena, para intentar superar el dolor, se agarra a la literatura y al sexo, dos temas centrales en la historia.

Elena resiste contra la muerte de su marido ejerciendo sus dos placeres favoritos: la lectura y el sexo; a través de ellos piensa la muerte. Son dos placeres que no están incontaminados o aislados del dolor: ella busca un sexo que incluya el dolor y lee libros que la ayuden a entender su sufrimiento. Va haciendo una pequeña antología sobre la literatura del dolor y de la pérdida. Me atraía la idea de narrar cómo un lector va leyendo, qué subraya, qué comenta y piensa de tal o cual obra. Elena es lectora no solo por citar, sino por reaccionar ante lo que lee.

¿Qué voz te ha supuesto más trabajo?

La de Lito, sin duda. La dificultad con Elena era emocional y psicológica, pero con el niño la dificultad era estilística: no puedes hacer nada de lo que sabes hacer como escritor para contar algo. El léxico es muy restringido en ese caso. 

El tema daba para una historia más larga, ¿por qué esta apuesta por la brevedad?
He cortado mucho, sobre todo de la parte de Elena. Me parecía que, por el dramatismo de las voces y la intensidad de la historia, la brevedad iba a jugar a su favor. Quería que fuera contundente, por eso la brevedad era necesaria.