"El
río de nuestras historias es inagotable", me dice Víctor del Árbol
(Barcelona, 1968) en esta primera entrevista que le he hecho con motivo de la
publicación de su esperada nueva novela: Un
millón de gotas. El año pasado me quedé con las ganas de invitarle a pasar
por este Macondo particular al que no dedico tanto tiempo como me gustaría.
Acababa de descubrir su narrativa de la mano de Respirar por la herida, una de las mejores novelas que leí en todo
2013 y que no me canso de recomendar. La
historia, desgarradora, intensa y llena de humanidad, aborda dos de los temas
que más me gustan en literatura: el dolor y la culpa. Tuve, además, la
suerte de conocerlo personalmente en una de las presentaciones que realizó en
Madrid; me pareció un escritor afable, honesto y cercano, algo que por
desgracia no es demasiado habitual en el mundillo literario. Recuerdo que
estaba a punto de viajar a Francia, donde su narrativa es muy apreciada, y que
por casualidades de la vida, meses después encontré La tristeza del samurái, ya traducida, en una luminosa librería del
barrio latino, cerca de La Sorbona. Se codeaba con dos 'intocables' españoles: Los enamoramientos de Javier Marías y El tango de la guardia vieja, de Pérez
Reverte, los tres únicos representantes -en primera fila, al menos- de la
narrativa nacional.

Sin
embargo, ha sido ahora cuando me he decidido a invitarle a charlar y a visitar
este cajón de sastre con forma de blog, no solo para escribir sobre Un millón de gotas, que este 13 de mayo llega a las librerías y que
también será traducida al francés, sino sobre toda su narrativa y sus orígenes
literarios.
El
libro tiene todos los componentes que cualquier lector le pediría a un
bestseller: trama adictiva con numerosos giros, ritmo ágil y personajes
cuidados. Pero Un millón de gotas es
mucho más que eso: es una novela sobre
la condición humana, sobre los héroes y los traidores, sobre la capacidad que
los hombres tienen de hacer el bien y también el mal. Los ideales, el poder
del recuerdo, las promesas y los lazos familiares son algunos de los temas
principales que trata la historia, ambientada a caballo entre la Barcelona del
año 2002 y la Unión Soviética de los años anteriores al estallido de la II
Guerra Mundial. Y por encima de todos estos temas, Un millón de gotas es, en mi
opinión, una historia sobre el poder del amor y el compromiso. El amor con
sus diferentes rostros: a unos ideales, a una familia, a una vieja fotografía
que se conserva durante años en una cazadora de piel…
La
historia nos presenta a Gonzalo Gil, un abogado con una vida un tanto gris que
honestamente lucha a diario para sacar adelante su bufete evitando la alargada
sombra que su suegro, letrado de poder y de renombre, proyecta sobre él. De
pronto, recibe una dura noticia que cambiará su día a día: su única hermana,
con la que hacía años que no se trataba, se ha suicidado tras cometer un
crimen. Gonzalo decide entonces asumir los riesgos de investigar las
complicadas y peligrosas conexiones que relacionan a su hermana con una mafia
rusa afincada en Barcelona. La historia, narrada con gran intensidad, pronto
traslada al lector a la URSS en 1933, donde el padre de Gonzalo, un joven
ingeniero rebosante de ideales, vivirá en su piel uno de los capítulos más cruentos
de la historia europea: la deportación masiva de miles de personas a la isla de
Nazino, en la Unión Soviética. Un infierno en Siberia donde sobrevivir exigía
un precio muy alto: la pérdida de la humanidad, el riesgo de convertirse en un
monstruo capaz de las peores aberraciones.
“El ser humano es la arcilla
sobre la que trabajamos y soñamos”
-Con esta novela de luces y
sombras demuestras, una vez más, ser un gran conocedor del alma humana. ¿Somos una
fuente inagotable de historias?
Cualquier
expresión artística, cualquier actividad intelectual, emocional o sensitiva
tiene su eje y su núcleo en el ser humano de una manera u otra. Sea desde
dentro, como individuos, o desde fuera, en nuestra relación con los otros y el
entorno, el ser humano es la arcilla sobre la que trabajamos y soñamos. Basta
sentarse, abrir los sentidos y observar: el hormigueo es continuo, el río de
nuestras historias inagotable. Somos un viaje sin fin, desde luego.
-Toda buena novela arranca
con un viaje, la mayoría al interior de uno mismo. ¿Qué mueve a Gonzalo a
embarcarse en esta aventura?
Una
razón práctica y una emocional, algo muy característico en la personalidad de
Gonzalo: su lucha continua entre lo que debe hacer y lo que desea hacer. Por un
lado, el inesperado suicidio de su hermana Laura (subinspectora de la Policía
dada de baja por depresión tras el asesinato de su hijo) hace que este abogado
mediocre pero puntilloso encuentre cosas en el caso que no le parecen ciertas,
detalles que no encajan. Aunque el sentido común le dice que lo deje correr, el
deseo y el recuerdo del amor que sentía por su hermana mayor le obligan a
meterse en una historia tremenda que tiene sus orígenes, nada menos que en la
Unión Soviética de los años 30. De alguna manera, Gonzalo necesita hacer este
viaje interior para liberarse del hombre en que se ha convertido, triste,
apocado, lejos de lo que una vez soñó ser.
“La única vida que es vivida
es la del momento”
-Un millón de gotas es una novela en la que vuelves a narrar a
caballo entre dos épocas. ¿Qué es lo que más te fascina de los tiempos pasados?
Por
un lado me gusta como estrategia narrativa. Dos historias en planos temporales
distintos pero que se retroalimentan, con el mismo peso, el mismo interés y la
misma intensidad; todo para demostrar que el tiempo no existe, que el tiempo no
pasa; por el contrario, somos nosotros los que pasamos, veloces, por él.
La
otra razón es personal. Soy un escritor que se mueve continuamente en el filo
de la evocación. Todos mis personajes miran atrás cuando el presente no les
ofrece la felicidad buscada y reinventan un tiempo en el que fingen que sí lo
fueron. Pero lo cierto es, como dice el poeta Rafael Cadenas (parafraseando a
Machado), que el presente es lo único que jamás termina. A esta conclusión
llegan los personajes y, espero, también el lector. La única vida que es vivida
es la del momento.
-Aunque los historiadores se
ha encargado de contarlo, no mucha gente conoce con profundidad la dureza de
las purgas que se vivieron en la Unión Soviética. Además de documentarte,
cuentas en tu libro con el testimonio de supervivientes.
Cuando
Alexsandr Solzhenitsyn publicó su Archipiélago Gulag en 1962, una parte del
mundo descubrió lo que era un secreto a voces, la larga y cruenta secuencia de
las purgas estalinistas. Otra parte de la intelectualidad lo acusó de hacerle
el juego a Kruschev, y no fue hasta que las evidencias fueron tan aplastantes
que se terminó reconociendo la realidad de los Gulags. Eso queda para los
libros de Historia, efectivamente. Lo que yo he descubierto, no solo en
referencia al Gulag, sino en las personas que han estado sometidas a cualquier
experiencia de exterminio, deportación y hacinamiento en los campos de
concentración (la de los españoles que pasaron por los campos del sur de
Francia y fueron luego deportados a campos de Exterminio en Alemania, por
ejemplo, o en la misma Unión Soviética) es que el silencio es una armadura, un
escudo con el que protegerse contra tanta barbarie; el silencio, el
recogimiento hacia dentro de uno mismo fue su tabla de resistencia en muchos
casos una vez liberados. Otro factor fundamental es la familia. Apoyarse en los
seres queridos, proteger a los hijos a toda costa, buscar la ayuda de los
paisanos. Solo el tiempo les permite dejar que supure un poco todo ese dolor.
Pero como me dijo un señor muy mayor en Francia: no hay tiempo para la memoria
cuando se está empeñado en sobrevivir. Después llega el silencio y cuando eres
viejo, te das cuenta de que lo eres porque vuelven esos recuerdos sin que los
llames. Y entonces, tantos años después, te das cuenta de todas las veces que
moriste para volver a nacer.

-El complejo y fascinante
personaje de Elías Gil te sirve para reflexionar sobre los ideales y sobre la
pérdida de humanidad, y de cómo aferrarse a esos ideales implicó que se
cometieran tantas barbaridades. El fin nunca justifica los medios, pareces
decir…
Una
idea que te hace empuñar un arma y matar a un semejante te arranca la inocencia
para siempre. Elías, un personaje que evoca la pérdida de la ingenuidad, lo
descubre dramáticamente. No importa si el ideal por el que luchas es justo, o
si así lo crees. Lo único que queda es la imagen de esa vida segada. Los
ideales, las utopías empujan al hombre hacia adelante, mueven la historia,
cambian las sociedades. Pero en el camino dejan un reguero de corazones duros,
de culpas, de mentiras. El hombre crea los ideales, cierto. Y también es el
hombre quien los traiciona y los convierte en algo que ninguno de los pioneros
imaginó. Tal le ocurre a Elías. Al final, descubrirá que el único ideal que
cuenta, el único que es sincero e inquebrantable es el que nace y vive dentro
del individuo: el amor concreto, la amistad concreta. Ya no buscará salvar a la
Humanidad, sino salvar lo que está a su alrededor, salvar lo poco de inocencia
que le queda dentro tras diez años de guerras y horror. Pero a veces esa
redención de la micro-realidad llega demasiado tarde.
-También el tema del amor es
uno de los ejes que vertebra la historia. Amores perdidos, amores idealizados,
amores enfermizos…
El
amor es un germen que nace al otro lado del odio. Como imagen de la eterna
contradicción que nos hace seres humanos, ambos sentimientos crecen en orillas
opuestas pero se alimentan de la misma vida. Amar a una persona concreta hace
que no te sientas solo, te ayuda a vencer el miedo, desata en ti lo mejor, el
instinto primigenio de compartir, proteger y sentirse protegido. El amor nos da
una dimensión mayor y mejor de nosotros como individuos. Por esa razón es la
palabra que más se ha utilizado y desvirtuado en la literatura. El amor sexual,
el amor enfermo, el amor imposible, el amor como fuente de añoranza, de
ruptura. Pero también el instante de plenitud, la libertad absoluta de sentir
que durante unos minutos, durante unos instantes que recordarás toda la vida,
has sido perfecto en comunión con otro. Ese recuerdo, ayuda a Elías a
sobrevivir, como una pequeña llama que protegerá en lo profundo de su corazón
para no morir del todo cuando llegue el odio.
Otra
fuente de amor es el que un padre llega a sentir por su hijo. Amar es conocer,
sin mentirse, defectos y virtudes. Solo cuando se conoce profundamente a
alguien podemos creer que el amor será real, y no otra cosa a la que pondremos,
insensatamente, dicho nombre.
"Uno de mis escritores de referencia es Albert Camus"
-¿Qué balance haces de estos
años tan intensos, en los que La tristeza
del samurái y Respirar por la herida
te han situado como uno de los autores más respetados del panorama literario
español?
Sinceramente
pienso que soy un hombre privilegiado. La literatura para mí es una pasión
inagotable, una exploración continua de mis límites, una forma de buscar algo
casi indefinible que sé que está dentro de mí. Nunca olvido que todo esto es
parte de un momento que puede o no acabar, y lo disfruto con una sonrisa, cada
instante, cada encuentro, cada viaje. Aprendo y sigo adelante sabiendo que
apenas he comenzado a andar. Podría contarte decenas de anécdotas que solo
pueden vivirse como algo asombroso si decides hacer de tu vida algo único. Y yo
lo he decidido.
-Francia tiene un peso muy
importante en tu carrera. ¿Cómo es tu relación con el lector galo y cómo has
vivido esa experiencia tan enriquecedora?
He
dicho muchas veces que uno de mis escritores de referencia es Albert Camus. Y
resulta curioso que sea un escritor “mestizo” un pied noir con madre española y
que sea uno de los escritores más estudiados, más analizado y más leído en
Francia. Eso demuestra algo, importante para mí. La cultura francesa se
alimenta de cualquier corriente que le dé vigor. A mí me han acogido como un
nuevo formato, una visión distinta de lo que ellos llaman “Polar”, más
visceral, más emocional, una ‘force romanesque’ que viene de otra sensibilidad.
Yo he crecido como escritor gracias a los lectores franceses. Ellos me descubrieron
y ellos me animaron a seguir buceando en mi propia voz. Así que, Actes Sud, mi
editorial en Francia es para mí, mi segunda casa. Y digo segunda, aunque
debiera decir primera, solo porque soy un romántico, y siempre miro a mi origen
con la esperanza y el deseo de estar y crecer entre los lectores de mi tierra.
-¿Cuáles han sido tus
autores de cabecera? ¿Hay algún libro o algún escritor por el que hace años
soñaras con llegar a ser escritor?
Más
que autores yo hablaría de libros: desde Cien
años de soledad a La peste, desde
Las Uvas de la ira a El lobo estepario, desde Últimas tardes
con Teresa a Los hermanos Karamazov,
desde Suave es la noche a Por quién doblan las campanas, desde el Poeta en Nueva York al Memorial de la Isla Negra, dramaturgos,
poetas, cuentistas, me han acompañado siempre. A lo único que aspiro es a ser
el escritor que pueda llegar a ser, el mejor posible. Y que juzguen los que
tienen el poder y la capacidad de hacerlo. Que me recuerden o me olviden. Pero
aún falta mucho para eso.
-Me gustaría preguntarte con
sinceridad por el complicado y desesperanzador momento cultural que vivimos.
¿Eres optimista? Si lo llevamos a la literatura, ¿crees que son malos momentos
para los autores que os habéis dado a conocer en plena crisis económica?
Yo
soy optimista –realista. Me baso en los datos para hacer análisis y te diré que
sí, que creo que el libro va a sobrevivir, que la crisis tan dura que estamos
sufriendo ha tocado el tuétano de nuestros valores; nos hemos dado cuenta,
estamos despertando de un sueño que no era real, y ahora vemos –y denunciamos
–todos los abusos atávicos que se han cometido por generaciones en este país.
Los padres miran los libros que leen sus hijos, y tuercen el gesto. Un libro
puede cambiar el mundo. Pregúntale a Leonardo, a Galileo, a Marx. Los autores
cada vez tendremos que ser más conscientes de nuestro tiempo y quién sabe si
volverán aquellas voces que a principios de la democracia nos trajeron una idea
de Europa en sus novelas.