sábado, 16 de junio de 2018

'El duelo de Elías Gro': ser invisible en una isla


Siempre he tenido fascinación por las novelas de viajes. Decía Rilke que el único viaje es al interior, y creo que es el motivo por el cual cuando uno siente que ha tocado fondo o que pasa por un momento complicado elige poner tierra de por medio. Viajar es un gran modo para conocerse a sí mismo y es uno de los temas más universales de la literatura. De hecho, para muchos el viaje es el tema literario por excelencia y todos somos Ulises en algún punto de nuestra existencia. 

Las islas siempre han tenido mucho que ver con los momentos turbulentos, las depresiones y la búsqueda de la soledad con fines curativos. Siempre he pensado que es porque las rodea el mar, y de nuevo vuelvo a una cita de un escritor para explicarlo; decía Karen Blixen que "la cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar". 

Llevo tiempo escribiendo sobre una isla y, especialmente, sobre el poder del mar, y por eso, aunque lo evite, mi cabeza me dirige siempre a historias donde ambos elementos tengan mucho peso. Desde que conocí Volcano libros, estoy muy pendiente de sus novedades, porque sus libros están llenos de naturaleza. Fue así como descubrí El duelo de Elías Gro, novela del autor portugués Joao Tordo (Lisboa, 1975) traducida por Ana García Iglesias. Y al final ha resultado ser uno de los libros que más he disfrutado en los últimos años.

La búsqueda del olvido poniendo tierra de por medio


Partiendo de una historia universal, la de un hombre que lo deja todo para buscar el aislamiento y el olvido en una pequeña isla, Tordo firma una novela de una gran hondura, una de esas joyas llenas de reflexiones, de ternura y belleza con las que a veces nos topamos los amantes de los libros. 

En realidad, no existe ningún camino. Nos convencemos de su existencia, y de tanto fingir que tiene sentido recorrerlo, acabamos por descubrir que se va borrando detrás de nosotros, como la capa de polvo que cubre los muebles de una estancia y que descubrimos al abrir las ventanas después de años de olvido. Lo único que nos queda es continuar sin saber hacia dónde vamos, y si seremos capaces de seguir sin la complicidad de las cosas ya vistas, porque esas se pierden a cada instante. Para eso, y para otros asuntos más cercanos a la vida terrenal, sirven estas palabras; pero sobre todo para eso. 

Todo el mundo sabe que no hay plazos para elaborar un duelo, para afrontar el dolor de una pérdida o una ruptura. Lo sabe el protagonista de esta novela, un hombre que busca casi desaparecer y que se instala en una pequeña isla sin nombre en el Atlántico. En su equipaje sólo ha metido los demonios con los que convive desde que un hecho dramático alterase su presente. Pero al llegar a este recóndito lugar se encuentra con ciertos habitantes que alterarán de forma definitiva su plan de vida. Entre ellos, el delicioso personaje de Cecilia, una peculiar niña de once años, o el fantasioso Elías Gro, un pastor protestante con notable peso en la historia. Pronto descubre que, en ocasiones, una diminuta isla casi despoblada puede ser mal lugar para pretender ser invisible. 

Estoy hablando de usted, dijo el médico. Usted se ha roto en pedazos y ahora no hay forma de volver atrás. Tendrá que aprender a vivir partido en trozos. Estime sus heridas, cuídelas; deles cariño cuando necesiten cariño y protéjalas cuando sea necesario. Un día se transformarán en cicatrices y dejarán de doler. Es cierto que las puede esconder debajo de la ropa, pero siempre estarán presentes. En mi profesión, las cicatrices valen oro, y el mejor médico es aquel capaz de convencer rotundamente al paciente sobre su importancia. 
  
Foto de Vitorino Coragem
Es una novela intimista con un escenario natural potente. Las descripciones son hermosas y, como ocurre en los libros de Volcano, la naturaleza es un protagonista más de las historias. La humanidad de los personajes es indudable, con pasajes conmovedores y situaciones que ponen de relieve la complejidad de las relaciones humanas. 

Se me ocurrió que tendría que dejar la isla en breve. ¿Qué iba a hacer allí el resto de mi vida sino arrastrarme penosamente por las veredas y ensenadas, inspeccionando el ir y venir de las mareas y enloqueciendo, enloqueciendo, enloqueciendo? Me tumbé y me quedé dormido. Cuando desperté ya había caído la noche. Me duché y lloré mientras el agua caliente me caía por el rostro.

El duelo de Elías Gro es una de las novelas que más he disfrutado de los últimos tiempos, un libro de los que uno no se olvida con facilidad y por eso no dudo en recomendarla. Aunque no es conocido en España, en Portugal Joao Tordo tiene ya una consistente carrera y con esta obra ha iniciado la Trilogía de los lugares sin nombre. 

viernes, 25 de mayo de 2018

Mircea Cãrtãrescu: "La misión del artista es recordar aquello que no recuerda nadie"

Afirma que le hubiera gustado ser científico de física cuántica, pero la realidad es que la vida le deparaba ser uno de los autores más reconocidos del panorama internacional. El escritor rumano Mircea Cãrtãrescu (Bucarest, 1956) abrió este viernes de manera oficial la 77 edición de la Feria del Libro de Madrid con una intensa y completa conferencia sobre la literatura como modo de entender la vida y como edificio sobre el cual se asientan las bases de algo que es "más poderoso que un oficio y un arte", y que para él se asemeja a una religión.

En un acto presentado por el periodista Winston Manrique SabogalCãrtãrescu explicó que todo en su vida ha girado alrededor de la literatura, aunque "nunca" se haya sentido escritor, sino que es un hombre en el cual habitan y conviven dos personalidades bien distintas, la del ingeniero y la del artista. Ambas se complementan cuando se sienta a escribir sus obras. 

Gran parte del discurso que pronunció ante el centenar de personas que llenaron el Pabellón Bankia de la feria a pesar de la desapacible tarde -a la salida nos esperaba un aguacero de los que no se olvidan con facilidad- estuvo centrado en la poesía, que considera "el gato muerto del mundo consumista, hedonista y mediático que nos rodea. No se puede imaginar una presencia más ausente, una grandeza más humilde, un terror más tierno. Nadie parece valorarla y, sin embargo, no existe nada más valioso", explicó. Para el autor de obras como Nostalgia o Solenoide, la poesía "está por todos lados, nacemos con ella y la mantenemos de niños, pero al crecer nos convertimos en narradores". 


Citó a Nabokov para recordarnos que él decía que "la poesía no se siente con el cerebro ni con el corazón, sino con la médula espinal". 

El poder de la lectura


Tímido pero abierto a bromear en más de una ocasión -afirma que no planea "suicidarse literariamente" y que confía que le quede literatura para rato-, el autor rumano más internacional de la actualidad desgranó en qué consiste para él la lectura.

"Llega un momento en el que, tras engullir toneladas de libros, se te revela que no lees al azar. De repente, te golpea algo que reside en la carne delicada de un libro (...) Sólo cuando ya no lees libros, sino que lees la propia lectura, comprendes que la lectura eres tú mismo y que no has encontrado en ningún libro nada que no estuviera en ti desde el principio", explicó. 



Hubo tiempo también para hablar de obras y escritores. Así, citó a Borges, con quien comparte su obsesión por la circularidad infinita del tiempo, a Kafka, Homero, Nabokov, Joyce, Rilke, Góngora y otros muchos autores que han llegado a la "cumbre de la catedral de la literatura". Una catedral que se debe "decorar, haciendo que las paredes desnudas cobren vida, con frescos y estatuas que den esplendor al edificio". 

También quedó espacio para el turno de debate, para que los lectores le agradecieran el discurso sobre cómo levantar obras de los escombros con los que nos encontramos a diario, y dio la sensación de que la charla se habría prolongado. Fuera, ya jarreaba con ganas y lo haría durante unos veinte minutos más. El primer día de la feria estuvo marcado por el mal tiempo y por las dudas sobre la reapertura de El Retiro, cerrado este jueves ante la amenaza de fuertes vientos. Fue uno de esos días que los profesionales del sector difícilmente olvidarán.

Al final, el hombre que "escribiría aunque no quedase ni un solo lector en el mundo" se despidió con calma, agradeciendo los aplausos. Muchos dicen que es un firme candidato a obtener el Nobel, pero él parece vivir ajeno a las quinielas y a la parte más superficial de la literatura.  



domingo, 20 de mayo de 2018

Las disecciones matrimoniales de Joan Didion

Descubrí a Joan Didion (Sacramento, California, 1934) a través de su obra autobiográfica El año del pensamiento mágico (Random House, 2015), una crónica por el intenso dolor que le produjo la repentina muerte de su esposo, el también escritor John G. Dunne, y la de su única hija, Quintana. Es un libro devastador cuya escritura catártica le sirvió para no caer en algo parecido a la locura. 

De la noche a la mañana, la autora perdió a sus seres más queridos, algo para lo que nunca hay explicación en la vida. Esa obra es un intento de sumergirse en el terreno de la muerte, terra incognita para gran parte de las sociedades en las que vivimos, y de descubrir cómo sobrevive uno cuando algo así trastoca tu vida.

Después de ese libro, me había acercado a su figura a través de entrevistas, algunos fragmentos de ensayos y un interesante documental que emite Netflix: El centro cederá.

Tenía ganas de leer su literatura, de conocer a la Joan Didion narradora de ficción, y lo que he encontrado en Río revuelto, editado recientemente por Gatopardo ediciones, me ha sorprendido gratamente.

Con traducción de Javier Calvo, y publicada originalmente en 1963, esta novela (su ópera prima) es un ejemplo de la gran capacidad con la que Didion disecciona la sociedad norteamericana de esa época a través de la historia de un matrimonio de californianos que asienta su vida sobre las falsas apariencias, sobre el terreno de lo nunca dicho y sobre las traiciones.

La narración nos lleva al verano de 1959, marcado por un calor asfixiante en medio de una vasta plantación de lúpulo, y arranca con un disparo que terminará de desmoronar el complicado e inestable matrimonio de Everett McClellan y Lily Knight. A través de unos saltos temporales, Didion retrata con precisión y sin máscaras a la joven pareja, a quienes el lector acompaña desde 1938 hasta ese tórrido agosto donde un disparo acaba con la falsa calma en la que ambos viven. 

Su historia y la de los familiares que los rodean -estupendo el retrato psicológico de los sólidos personajes secundarios- dibujan un fresco de la sociedad californiana de ese momento, y además Didion se adentra en temas que luego trataría en otras obras, como las infidelidades, el suicidio, la visión del amor romántico o la maternidad. 

Hay también una interesante y poderosa reflexión que sobrevuela toda la historia: la del papel de la mujer como esposa y madre en un mundo en el que no se les permitía poco más que eso, ser cuidadoras y esperar en casa al regreso del marido. Pero Lily, como veremos en la novela, no es de esas mujeres que se sientan a esperar.

"Un poco tarde para elegir", le había dicho ella a Everett, como si no lo hubiera sido siempre.¿Acaso había en la vida de alguien un momento fuera del tiempo, despojado de memoria, un momento en que la elección fuera otra cosa que la suma de todas las elecciones ya pasadas? Un poco tarde para elegir: su padre lo había sabido, por mucho que lo negara.

Las expectativas y las frustraciones sentimentales




Joan Didion no llegaba a la treintena cuando publicó esta obra (que, casualmente, y como suele ocurrir en tantas ocasiones, fue rechazada por varios editores), lo cual nos da idea del gran talento que posteriormente derivaría en libros como Según venga el juego (1971), Democracy (1984) o Noches azules (2011), un texto sobre la muerte de su hija.
Lily imaginaba que lo único que cambiaba era lo que se decían, pero que la escena era siempre la misma, y aunque no se acordaba de cuándo ni de cómo había empezado aquello, ahora le daba la impresión de que ambos estaban condenados a representarla todos los días de su vida, hurgando en sus recuerdos en busca de nuevos reproches, atesorando los antiguos, nutriendo los tallos imperecederos de su resentimiento con el alcohol y con la adrenalina inagotable que generaba lo que ella suponía que era (al menos no conocía otro nombre con que llamarlo) amor.

Una interesante novela, incisiva, llena de reflexiones sobre temas tan potentes como las farsas, las expectativas que tenemos cuando somos jóvenes y nos enfrentamos a nuestros primeros amores y la amargura y el tedio que generan las frustraciones sentimentales.  Estoy segura de que no será lo último que lea en ficción de esta escritora.

viernes, 27 de abril de 2018

Virginia Woolf: ¿la entendemos como fue o tiramos de tópicos?


En 1937, la escritora Virginia Woolf manifestó que la dificultad a la que se enfrentaba en ese momento era la de “cómo encontrar un público”. Y es que, a lo largo de su vida, la autora nunca se imaginó el alcance actual de su popularidad. La británica es hoy en día un icono, un icono del feminismo, del pensamiento y de la literatura. Sus citas inundan las redes sociales, su figura ha sido llevada a la gran pantalla y su imagen lánguida ilustra bolsas de tela para amantes literarios. Sin embargo, ¿es entendida como realmente fue? ¿Hace justicia a su compleja figura la idea extendida sobre ella y tan vinculada a la enfermedad mental y al posterior suicidio? Estas son algunas de las ideas sobre las que ha trabajado Lyndall Gordon en Virginia Woolf. Vida de una escritora, una de las apuestas más interesantes de los últimos tiempos sobre la autora de Al faro, y editada por Gatopardo.

Pasada la II Guerra Mundial, en una época en la que Europa estaba dominada por dictadores, Virginia Woolf (1882-1941) adquirió la apariencia de “una distinguida autora un poco chiflada, sin contacto con el mundo brutal de la política. Y así fue como se forjó el mito de una delicada esteta, alejada del mundo real, la imagen desfavorable que difundieron algunos críticos de los años treinta”, escribe Gordon, responsable, entre otras, de biografías de personajes como Charlotte Brontë, T.S. Elliot, Mary Wollstonecraft -más conocida como Mary Shelley, ‘madre’ de Frankenstein-, y Emily Dickinson.

¡Por Dios! -protestó la escritora Doris Lessing-, esa mujer disfrutaba de la vida cuando no estaba enferma; le gustaban las fiestas, sus amigos, los pícnics, las excursiones, las caminatas. Cómo nos gustan las víctimas femeninas; oh, cómo llegan a gustarnos.

¿Ocurriría lo mismo si fuera un hombre?


Es bastante representativo que en la nota de la autora, al comienzo del libro, tengamos que leer que ha escrito esta historia “sobre cómo una escritora logró sobreponerse a las tragedias familiares y a la enfermedad para contrarrestar la línea argumental de fatalidad y muerte que a menudo se les asigna a las vidas de las mujeres”. En pleno siglo XXI hay que seguir aclarando esto, porque hablamos de mujeres. ¿Ocurriría lo mismo si fuera un hombre del que se hablase? cabe preguntarse.



Una andariega entusiasta, una investigadora infatigable, una rebelde ante el poder, provista de aguijones. Así se veía Virginia Woolf. ¿Cómo la percibe gran parte del público? Lyndall Gordon expone en esta obra que, a pesar de que la reputación de la autora no ha hecho más que acrecentarse con el paso de los años, se ha producido “una curiosa insistencia” en reducir su vida a las tribulaciones de la enfermedad mental y el suicidio, una tendencia evidente sobre todo en las obras de teatro y en el cine (quién no recuerda a Nicole Kidman en la aplaudida interpretación de Las horas).

Por desgracia, el de Virginia Woolf no es el único caso. La decadencia mental de Iris Murdoch, la ambición poética de Sylvia Plath, lo poco que tenía que ver Charlotte Brontë con lo que ‘se esperaba’ de una dama del siglo XIX. Ha existido una persistente tendencia a juzgar a las mujeres por sus defectos. Los fallos de los hombres, en cambio, se perciben de modo distinto y se consideran secundarios respecto a sus rutilantes reputaciones, denuncia Gordon en esta biografía.

Hacia la verdadera Virginia Woolf


Lejos de esa leyenda de frágil autora se hallaba la verdadera Virginia. La profesional tenaz, la investigadora infatigable. Este libro es la crónica del tiempo de vida y las circunstancias de esa mujer.

Soy una mujer cuando escribo, dijo Virginia en 1929. En los años veinte había desarrollado su voz como escritora, punteada por el silencio y la comicidad, pero elevándose siempre como una ola que avanza.


Una vida es, también, un recorrido por la gente con la que nos cruzamos. La vida de Virginia Woolf estuvo marcada por interesantes encuentros y por haber vivido un momento histórico complejo y determinante.

Mención especial merece la relación de la escritora con sus familiares cercanos, especialmente su padre, Leslie Stephen, su primer y más duradero modelo intelectual, y a quien consideraba un ejemplo de la mente analítica de Cambridge. Él moldeó sus gustos, sobre todo su interés por las biografías, e influyó en su carácter audaz e intransigente, así como en su pasión por las caminatas (se dice que su padre andaba cuarenta kilómetros al día y que había recorrido a pie todo el país).

Igualmente, antes de casarse con Leonard Woolf en 1912, la biografía se detiene en otra de las personas fundamentales en su vida, Clive Bell, esposo de su hermana, y quien fue el primero en tomar en serio sus escritos. Representó un consejero ideal para una joven intensamente modesta que necesitaba, por encima de todo, reconocimiento. Ni siquiera tiempo después, a su marido, le enseñaría sus textos a medio escribir.

Quizás su mayor problema para ser una escritora fue superar su modestia, el temor a exponerse en público (…). En los largos años de esta larga etapa transicional, Clive Bell actuó como un catalizador esencial, puesto que le dio confianza, como mujer y como artista, para independizarse de las normas establecidas.

 El matrimonio con Leonard Woolf


El vínculo con su hermana Vanessa (su guía hacia la libertad), el grupo de Bloomsbury y, naturalmente, su relación con Leonard Woolf, por quien dejó de ser Virginia Stephens para llamarse tal y como la conocemos hoy, también están muy presentes en la obra.

Sobre su decisión de casarse, Lyndall Gordon ahonda en qué supuso en su carrera literaria esa unión, y si afectó a sus pensamientos y valores. ¿Por qué se casó con Leonard y no con otros pretendientes que tuvo?

Los dos queremos que el matrimonio sea una cosa tremendamente viva, siempre ardiente, no estéril y fácil como la mayoría de los matrimonios. Exigimos mucho de la vida, ¿verdad? Quizá lo consigamos; en este caso, ¡sería magnífico!

En marzo de 1912, cuando se prometieron, Virginia bromeó con que iba a casarse “con un judío que no tiene un céntimo”. El libro demuestra la fuerte conexión intelectual y personal que surgió entre ambos y que los mantuvo unidos, a pesar de los altibajos, hasta el final de la vida de la escritora.

Narrada con precisión y sin desviarse de la tesis inicial, Virginia Woolf. Vida de una escritora es una apuesta que aborda mucho más que su conocida enfermedad mental y su posterior suicidio. Una apuesta por la complejidad que una mente como la suya merece.


lunes, 23 de abril de 2018

Pasen y lean: Día del Libro 2018

Un año más, ya está aquí el Día del Libro. Y cómo nos gusta fardar, cómo nos gusta el postureo (llamemos a las cosas por el nombre que ya tienen en esta época; lo de fardar, estoy pensando, ya queda muy viejuno) y decir lo mucho que leemos y lo importante que son los libros en nuestras vidas. Hasta que salen las estadísticas y nos dan ganas de esconder la cabeza como las avestruces.

Sin embargo, tranquilos, hay vida más allá del postureo.  Que en España lee poca gente lo sabemos desde hace años, pero los que leemos devoramos a gran velocidad. Así que siempre hay esperanza. Aprovecho este día para recomendar algunas de las obras que he leído o estoy leyendo actualmente, aunque siempre pienso que los libros son atemporales, y por eso me da mucha pena que en la mayoría de los blogs siempre se hable de novedades o próximos lanzamientos. 

Si en algo creo es que los libros, al contrario de lo que nos hace pensar ahora la industria editorial, no son un producto con fecha de caducidad. Lo defenderé siempre. Es perfecto estar atento al mercado y a las novedades, pero es tan defendible como leer sólo clásicos o aquella novela que se nos pasó hace cuatro años y ahora hemos encontrado por casualidad. 


Las madres negras (Patricia Esteban Erlés, novela)


Si nunca habéis leído nada de la escritora zaragozana, os recomiendo sin dudar los libros de cuentos a través de los cuales yo la conocí, hace unos años: Manderley en venta (Tropo, 2008) y Azul ruso (Páginas de Espuma, 2010). 

Una vez leídos, no os extrañará que su primera novela, Las madres negras, se haya alzado con el IV Premio Dos Passos a la mejor primera novela. Para mí, ella es una de las narradoras más ágiles y originales del panorama literario actual, y me alegro de que un premio como este haya contribuido a difundir sus historias, que se salen de lo común.

Los amantes de lo gótico disfrutarán esta historia sobre Mida, una huérfana recluida en el peculiar orfanato de Santa Vela, sobre el que pesa una maldición. Su historia se mezcla con la de otras jóvenes despojadas de sus nombres e identidades, con la de Priscia, la madre negra, un fascinante personaje que da mucho juego en la historia, y con el mismísimo Dios, que también pulula por el libro. 

La naturaleza como salvación (En islas extremas, libro de memorias)


Ya he hablado de este bello, intenso y valiente libro de Volcano libros tanto aquí como en el Huffington Post, pero no me canso de recomendarlo: es una historia sorprendente, de las que dejan huella, y os llevará a descubrir una reciente editorial que nos propone recordar que naturaleza y lectura maridan a la perfección.





En la intimidad de las amistades de Alejandra Pizarnik (Nueva correspondencia)


Se puede saber mucho de alguien por la forma en la que se dirige a sus amigos y seres allegados. Durante su breve vida, la magnífica poeta Alejandra Pizarnik mantuvo una intensa correspondencia con personalidades como Julio Cortázar y Aurora Ordóñez, Adolfo Bioy Casares o Silvina Ocampo, recogida en una cuidada y completa edición de Ivonne Bordelois y Cristina Piña

Para los amantes de la vida y obra de la intensa autora argentina, estas misivas, junto a sus diarios, nos permiten adentrarnos en un territorio privilegiado que revela la complejidad de su personalidad y su inmenso talento. Uno de esos libros para dejar siempre a mano en la mesita de noche y que se puede combinar perfectamente con lecturas de otros géneros. 

La primera novela de Siri Hustvedt (Los ojos vendados, Seix Barral)


Afortunadamente, cada vez menos gente etiqueta a Siri Hustvedt como "la mujer de". Basta asomarse a algunos de sus ensayos, o leer sus interesantes reflexiones en sus numerosas entrevistas para darse cuenta del inmenso talento de esta ensayista, pensadora y novelista estadounidense de origen noruego. 

Para los que aún no la conozcan (o sigan pensando que es una extensión de Paul Auster), recomiendo esta entrevista a raíz de su ensayo La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral), donde dice, entre otras cosas, que “para los hombres puede resultar difícil admitir y reconocer la autoridad de las mujeres, como si esto les disminuyera”.

Los ojos vendados, que acaba de publicarse en España, supuso en 1992 su debut en el mundo literario. Es una novela que me ha sorprendido gratamente, pues no había leído nada de ficción de esta autora. Es una historia que aborda el tema de la identidad a través de las experiencias de Iris Vegan, una joven estudiante universitaria durante un verano en el que se cruza con distintos personajes de la vida neoyorquina. Los encuentros son independientes, pero están conectados entre sí, y a través de ellos la escritora nos habla de temas como las mentiras, las máscaras, el deseo, las vidas rotas... Una novela que me ha dejado con la sensación de querer leer más de ella.

El arte de la ficción, reflexiones sobre la escritura de James Salter


Todo está en los detalles, decía James Salter. Y este libro está lleno de ellos; tantos que, seguramente, si lo leéis acabará con todas las páginas llenas de subrayados y anotaciones.

Creo que la única pega que le pondría a este libro editado recientemente por Salamandra es que tenga solamente 110 páginas. En cada una de ellas -atención al acertado e incisivo prólogo de Antonio Muñoz Molina, otra de las joyas del libro-, el escritor neoyorkino, fallecido en 2015, aborda el universo de la escritura desde su experiencia (con una humildad que le honra) y la de los autores que ha admirado a lo largo de su vida. 

Un libro que encantará a todos los escritores y a todos los que tengan la vocación de querer convertirse en uno. Además, está lleno de consejos y curiosidades; una de ellas es que Salter apenas conoció a nadie vinculado profesionalmente con la literatura hasta pasados los cuarenta años. Y eso tuvo una gran ventaja: "Mis gustos los había formado yo mismo".

Juegos de Lógica, la absorbente segunda novela de Blanca Bettschen


Tengo la suerte de haber seguido de cerca la carrera narrativa de Blanca Bettschen desde que publicara su primera novela, En días de nieve (Talentura, 2013), y posteriormente Lo que nos detiene, un libro de relatos editado en 2016 por Baile de sol. 

Tanto en relato como en novela, Blanca Bettschen es una apuesta segura. Escribe con una sencillez que resulta muy difícil lograr o a la que se llega cuando uno lleva mucho oficio a sus espaldas.

Su nueva novela ha sido merecedora del Premio Kutxa Ciudad de Irún, y la ha publicado Algaida. Narra el día a día de Lena, una mujer joven que vive en una ciudad asolada por una sequía permanente que condiciona la vida de todos los habitantes. Lena cuida de su padre, un anciano  impedido con quien tiene un fuerte vínculo, y trabaja en un banco de semillas. El difícil contexto ambiental y social en el que vive pone a prueba los valores y los sentimientos de Lena, que tendrá que replantearse muchos de los actos que antes de la sequía eran el pilar de su vida. Una novela original y bien armada que no deja indiferentes.

Ficción y realidad se entremezclan en la nueva obra de Clara Usón (Seix Barral)


Con el telón de fondo de la extraña muerte de la joven actriz del destape Sandra Mozarovski, la escritora Clara Usón construye un particular libro donde sus recuerdos y las memorias de esa época tienen un notable peso, especialmente las vinculadas a la complicada relación con su madre y a su adolescencia, a esa generación de la Transición que creyó "que no tenía que luchar por la democracia". 

Reflexiones de grandes de la literatura como Camus o Pavese se pasean por las páginas de este libro fronterizo, difícil de clasificar, pero no por ello menos interesante (de hecho, a mí me encanta la literatura fronteriza, esa que no se adscribe a un género determinado). 

El título no tiene nada que ver con lo noir, y se debe a una cita de Pavese, quien decía que "un suicida es un asesino tímido". Muy interesantes me han parecido las reflexiones y recuerdos sobre temas como la autodestrucción, los límites personales, las adicciones o el suicidio.



viernes, 20 de abril de 2018

Óperas primas interesantes: 'Un invierno en Sokcho'

Hay novelas que ganan por su brevedad; en literatura, como en muchas otras cosas en la vida, menos es más. Parece que vivimos en una época de 'libros al peso', donde el valor de una obra se mide en función de si pasa de las quinientas páginas o no.

También hay una costumbre de menospreciar las óperas primas. A pesar de que, por lo general, suelen tener carencias o son incluso pretenciosas, pero la mayoría dejan entrever los cimientos narrativos de los autores y las sendas por las que avanzarán sus futuras obras. 

El caso de Élisa Shua Dusapin (Corrèze, Francia, 1992) es uno de ellos. Poco sabía de esta jovencísima autora de madre surcoreana y padre francés, que con su primera novela, Un invierno en Sokcho, fue galardonada con el Premio Robert Walser y con el Premio Revelación de la SGDL.  Tampoco en España su nombre se había difundido mucho, pero con apenas 124 páginas, esta breve novela, con traducción de Alicia Martorell, fue una de las apuestas de Alianza el pasado otoño.

El arte de la contención

Escrita con un lenguaje austero, sin artificios, basado en la frase corta y en la contención,  Élisa Shua Dusapin traslada al lector a Sokcho, una pequeña ciudad portuaria a sesenta kilómetros de Corea del Norte donde el tiempo invernal parece haberse instalado en sus habitantes. El escaso ritmo de la narración es un símil del letargo en el que habitan todos:
“Aquí las playas esperan el fin de una guerra que dura desde hace tanto tiempo que acabamos imaginando que ya no está, así que construimos hoteles, ponemos guirnaldas, pero todo es falso, como una cuerda tendida entre dos acantilados que se deshilacha: caminamos por ella como funambulistas sin saber nunca cuándo se va a romper, vivimos en un intervalo, ¡y este invierno que nunca termina!” 
La vida fluye en las playas de Sokho durante el verano, pero en la estación más fría del año quien se introduce en sus calles bien parece hacerlo por error. Sin embargo, a la pensión donde trabaja la protagonista de la historia, una joven que ha estudiado literatura francesa y coreana y fantasea con conocer Europa, llega un día un dibujante de cómics galo. De algún modo que ella no sabe explicar, siente una extraña fascinación por un extraño con el que no tiene nada en común.
Una delicada sensualidad recorre esta breve historia, llena de olores y sabores de un lugar que a veces parece irreal. Como ocurre en muchas otras historias, lo importante aquí no es lo que se cuenta, sino la forma en que se narra; hay una elegancia en sus frases cortas, en los pequeños detalles y en la austeridad con la que avanza la trama, que uno no asociaría, a priori, con una escritora de 25 años.
En Francia, la crítica ha dicho que el libro “no tiene una palabra de más”, otro de los aciertos de la ópera prima de Élisa Shua Dusapin, una autora que parece haber llegado al panorama literario para quedarse.
“La pensión, coagulada por el frío, no me daba demasiado trabajo. Tras lavar los platos del desayuno, me quedé cerca de Park en la recepción. Estaba mirando la televisión. Protegida de su mirada, recorrí en los periódicos la lista de plazas vacantes en Sokcho. Contramaestre de astillero, marino, submarinista, paseador de perros. En internet leí resúmenes de las historias de Kerrand que me llevaron a Egipto, Perú, el Tíbet, Italia, junto con su protagonista. Estudié el precio de los billetes de avión hacia Francia, calculé cuánto tiempo tendría que trabajar aquí antes de poder marcharme, aunque sabía que no lo haría”.



sábado, 7 de abril de 2018

Una de parejas literarias: los Fitzgerald

Gatopardo es una de las editoriales que más me gusta de la actualidad. Llevan desde 2015 sorprendiéndonos con excelentes apuestas y cuidadas ediciones en formatos muy cómodos y sin renunciar a la belleza. En su catálogo podemos encontrar a autores de la talla de Andrea Camilleri, Joyce Carol Oates, Joan Didion o Jack London.
En esta ocasión, rescato una reflexión sobre una literaria historia de amor que arrancó con felicidad y acabó despeñándose -pero, por ello, conservada en la memoria de tantos entusiastas de las historias de amor truncadas-, la de Zelda y Francis Scott Fitzgerald.
Gatopardo vuelva a contar en su catálogo con Pietro Citati (Florencia, 1930), autor con un dominio magistral de las biografías (responsable de las de autores de la talla de Kafka, Tolstói o Goethe). En este caso, el italiano realiza en La muerte de la mariposa un breve pero contundente y preciso recorrido por una de esas parejas que más de uno  hubiéramos querido conocer: Zelda y Francis Scott Fitzgerald. Ellos, que tanto tuvieron, y que, sin embargo, tanto perdieron.
(...) Ellos eran afines, demasiado afines. Tanto en su dimensión de personas como en la de escritores, eran cómplices. Fitzgerald copiaba las cartas y los diarios de Zelda y los incorporaba a escondidas a sus libros: A este lado del paraíso, Hermosos y malditos y Suave es la noche; le presentaba a su esposa, página tras página, sus cuentos y novelas, y cuando no conseguía ver a los personajes de El Gran Gatsby, ella los dibujaba repetidamente, tratando de capturar las imágenes que rehuían de la pluma de su marido. Eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos corazones y esas cabezas se volvían apasionadamente el uno hacia el otro, el uno contra el otro, hasta arder en una única hoguera.

El interés por el amor atormentado

¿Qué habita en las parejas atormentadas que cautivan tanto? Ya sea en la ficción como en la vida real, parece que la inestabilidad y los baches de las parejas que confían en superarlo todo confiando solo en el poder de su amor son fuente de admiración y curiosidad. Quizás sea por aquello de que todo en esta vida es una batalla que libramos día a día, y el amor no escapa de esa máxima.
El perfil de él es más conocido. A pesar de su gran éxito, toda la vida de Francis S. Fitzgerald (1896-1940) fue una grieta. Incluso cuando se casó con Zelda Sayre y llegó a ser un escritor de enorme éxito, vio en el triunfo la sombra de varias catástrofes.  No tenía reparos en confesar abiertamente su deseo de convertirse en uno de los mejores escritores de todos los tiempos. El arte de gustar lo obsesionaba de tal modo que marcó su vida. Quizás, motivado por la idea de brillar y gustar, se fijó en la que era la chica más cortejada de toda Alabama.  Pero, mientras eso pasaba, él no se respetaba ni confiaba en sí mismo.
Si Fitzgerald era una herida abierta por la que sangraban sus debilidades, Zelda Sayre aparentemente no presentaba ninguna fisura, según escribe Pietro Citati en las páginas del libro. Hiciera lo que hiciese, resultaba una chica fascinante, alguien a quien todo el mundo contemplaba. Suele ocurrir que las criaturas agraciadas son también las más atormentadas, y que detrás de esa aparente perfección se escondía mucho en lo que indagar.

Los felices años 20: una fiesta continua

Durante el oasis de aparente felicidad que el mundo vivía en los años 20, una belle époque que no hacía presagiar lo que vendría una década después, la pareja se casó. Nueva York era entonces una fiesta continua.
¿Quién no querría codearse con ellos, que amablemente despilfarraban en fiestas, en villas, que contaban con niñera, criados y automóviles? En 1924, se mudaron a la Costa Azul francesa junto a su única hija. Es la costa que aparece en Suave es la noche, la que algunos consideran que es la mejor obra de Fitzgerald con permiso de El gran Gatsby.
Eran ambos mitómanos y mentirosos: aquel par necesitaba el drama, los dos lo inventaban y tal vez eran víctimas de su inestable y un poco morbosa imaginación. Poco a poco, las peleas aumentaron. Abusaron de su amor, lo hirieron, lo desgarraron, lo hicieron trizas antes incluso de que la locura los arrollara.

La bebida, protagonista en sus vidas


“Toda vida es un proceso de demolición”, escribió él en el arranque de uno de sus relatos. Para llevarlo a cabo, ambos bebían. Fitzgerald especialmente, tal vez para vencer el complejo de inseguridad y de inferioridad que siempre lo había torturado y que ningún éxito literario conseguía calmar. Como tantos otros antes y después que él, bebía para olvidar. Mientras tanto, ganaba una fortuna por sus magistrales relatos, fortuna que se perdía entre el lujo en el que la pareja vivía.
A los 27 años, Zelda empezó su declive mental. Era pronto para intuir que nunca saldría de ese túnel, que no vería la luz. Obsesionada por su gran pasión, bailar, soñaba con dedicarse a ello de manera profesional. La danza le permitía expresar aquello que no sabía decir con palabras.  En abril de 1930, Zelda ingresó en una clínica a las afueras de París. Poco tiempo después, salió de allí y trató de suicidarse. Fue diagnosticada con esquizofrenia. “Me pregunto por qué no hemos sido nunca demasiado felices”, le escribió a su marido en una de las muchas cartas que intercambiaron durante años.
A esa época pertenecen algunos de los mejores cuentos del escritor, como Una mala travesía, La boda, Dos errores y Regreso a Babilonia.  Los baches, ya instalados entre ellos, los acompañarían hasta el final. “No hay nada sobre nuestros pies”, escribió él, tal vez cuando intuyó el inexorable declive.

Zelda mejoró en 1931, aunque con continuas recaídas. En 1932, poco después de haber intentado suicidarse arrojándose a las vías del tren, comenzó a escribir una novela autobiográfica, Resérvame el vals. No tuvo el apoyo de su marido, quien odiaba que Zelda contase su vida, sus aspiraciones, enfermedades y desastres en una novela.
Suave es la noche, la obra que novelaba de algún modo esa existencia en apariencia perfecta pero llena de fisuras en el sur de Francia, fue duramente criticada por Hemingway. Poco amigo del empleo del tacto, el autor de Por quién doblan las campanas dijo que Fitzgerald “no sabía pensar, no conocía la realidad, no escuchaba a los demás, no olvidaba nunca su tragedia personal y no era disciplinado”.
“No puedo vivir en la ciudad fantasma en que Zelda se ha convertido”
El declive, también literario, lo obligó a regresar a Hollywood, donde se sintió abandonado por todos. Una deuda de casi 40.000 dólares era la responsable de la vuelta a casa. La Metro Goldwyn Mayer le ofrecía un sueldo como guionista; pero allí, el gran novelista era para muchos alguien a quien incluso daban por muerto.

"Mi talento está lleno de cicatrices"

Su relación con su esposa vivía los momentos más bajos, aunque el vínculo jamás se deshizo. “No puedo vivir en la ciudad fantasma en que Zelda se ha convertido”, confesaba el hombre que también admitía estar “terriblemente cansado de ser Scott Fitzgerald”.
En los últimos años de su vida, el escritor se sintió abandonado por la literatura, esa que había sido su gran obsesión. “Mi talento está lleno de cicatrices”, dejó escrito. Pero aún había brillo y luz en cuentos como Un caso de alcoholismo, The long way out o Financiando a Finnegan.

A nivel sentimental, encontró cierto consuelo en los brazos de una mujer llamada Sheila Graham. Sería ella quien, a principios de los 40, consiguió que el autor se desvinculara del alcohol. No sirvió de mucho:la muerte ya lo acechaba, y le impidió terminar la que él esperaba que fuera su gran novela, El último magnate. 
Zelda vivió unos años más entre recaídas constantes. Su trágico final parece sacado de una novela, puesto que murió calcinada en un incendio que se desató una noche en un hospital en el que estaba ingresada. La enterraron junto a su marido, con quien había vivido los felices y luminosos años veinte, antes de que todo se desmoronase y se hundieran, botes remando contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado. Justo el epitafio, perteneciente a El gran Gatsby, que vela sus tumbas.