lunes, 12 de mayo de 2014

Buceando en la narrativa de Víctor del Árbol




"El río de nuestras historias es inagotable", me dice Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) en esta primera entrevista que le he hecho con motivo de la publicación de su esperada nueva novela: Un millón de gotas. El año pasado me quedé con las ganas de invitarle a pasar por este Macondo particular al que no dedico tanto tiempo como me gustaría. Acababa de descubrir su narrativa de la mano de Respirar por la herida, una de las mejores novelas que leí en todo 2013 y que no me canso de recomendar. La historia, desgarradora, intensa y llena de humanidad, aborda dos de los temas que más me gustan en literatura: el dolor y la culpa. Tuve, además, la suerte de conocerlo personalmente en una de las presentaciones que realizó en Madrid; me pareció un escritor afable, honesto y cercano, algo que por desgracia no es demasiado habitual en el mundillo literario. Recuerdo que estaba a punto de viajar a Francia, donde su narrativa es muy apreciada, y que por casualidades de la vida, meses después encontré La tristeza del samurái, ya traducida, en una luminosa librería del barrio latino, cerca de La Sorbona. Se codeaba con dos 'intocables' españoles: Los enamoramientos de Javier Marías y El tango de la guardia vieja, de Pérez Reverte, los tres únicos representantes -en primera fila, al menos- de la narrativa nacional.

Sin embargo, ha sido ahora cuando me he decidido a invitarle a charlar y a visitar este cajón de sastre con forma de blog, no solo para escribir sobre Un millón de gotas, que este 13 de mayo llega a las librerías y que también será traducida al francés, sino sobre toda su narrativa y sus orígenes literarios. 

El libro tiene todos los componentes que cualquier lector le pediría a un bestseller: trama adictiva con numerosos giros, ritmo ágil y personajes cuidados. Pero Un millón de gotas es mucho más que eso: es una novela sobre la condición humana, sobre los héroes y los traidores, sobre la capacidad que los hombres tienen de hacer el bien y también el mal. Los ideales, el poder del recuerdo, las promesas y los lazos familiares son algunos de los temas principales que trata la historia, ambientada a caballo entre la Barcelona del año 2002 y la Unión Soviética de los años anteriores al estallido de la II Guerra Mundial. Y por encima de todos estos temas, Un millón de gotas es, en mi opinión, una historia sobre el poder del amor y el compromiso. El amor con sus diferentes rostros: a unos ideales, a una familia, a una vieja fotografía que se conserva durante años en una cazadora de piel…

La historia nos presenta a Gonzalo Gil, un abogado con una vida un tanto gris que honestamente lucha a diario para sacar adelante su bufete evitando la alargada sombra que su suegro, letrado de poder y de renombre, proyecta sobre él. De pronto, recibe una dura noticia que cambiará su día a día: su única hermana, con la que hacía años que no se trataba, se ha suicidado tras cometer un crimen. Gonzalo decide entonces asumir los riesgos de investigar las complicadas y peligrosas conexiones que relacionan a su hermana con una mafia rusa afincada en Barcelona. La historia, narrada con gran intensidad, pronto traslada al lector a la URSS en 1933, donde el padre de Gonzalo, un joven ingeniero rebosante de ideales, vivirá en su piel uno de los capítulos más cruentos de la historia europea: la deportación masiva de miles de personas a la isla de Nazino, en la Unión Soviética. Un infierno en Siberia donde sobrevivir exigía un precio muy alto: la pérdida de la humanidad, el riesgo de convertirse en un monstruo capaz de las peores aberraciones.


“El ser humano es la arcilla sobre la que trabajamos y soñamos”


-Con esta novela de luces y sombras demuestras, una vez más, ser un gran conocedor del alma humana. ¿Somos una fuente inagotable de historias?

Cualquier expresión artística, cualquier actividad intelectual, emocional o sensitiva tiene su eje y su núcleo en el ser humano de una manera u otra. Sea desde dentro, como individuos, o desde fuera, en nuestra relación con los otros y el entorno, el ser humano es la arcilla sobre la que trabajamos y soñamos. Basta sentarse, abrir los sentidos y observar: el hormigueo es continuo, el río de nuestras historias inagotable. Somos un viaje sin fin, desde luego.

-Toda buena novela arranca con un viaje, la mayoría al interior de uno mismo. ¿Qué mueve a Gonzalo a embarcarse en esta aventura?

Una razón práctica y una emocional, algo muy característico en la personalidad de Gonzalo: su lucha continua entre lo que debe hacer y lo que desea hacer. Por un lado, el inesperado suicidio de su hermana Laura (subinspectora de la Policía dada de baja por depresión tras el asesinato de su hijo) hace que este abogado mediocre pero puntilloso encuentre cosas en el caso que no le parecen ciertas, detalles que no encajan. Aunque el sentido común le dice que lo deje correr, el deseo y el recuerdo del amor que sentía por su hermana mayor le obligan a meterse en una historia tremenda que tiene sus orígenes, nada menos que en la Unión Soviética de los años 30. De alguna manera, Gonzalo necesita hacer este viaje interior para liberarse del hombre en que se ha convertido, triste, apocado, lejos de lo que una vez soñó ser.

“La única vida que es vivida es la del momento”

-Un millón de gotas es una novela en la que vuelves a narrar a caballo entre dos épocas. ¿Qué es lo que más te fascina de los tiempos pasados?

Por un lado me gusta como estrategia narrativa. Dos historias en planos temporales distintos pero que se retroalimentan, con el mismo peso, el mismo interés y la misma intensidad; todo para demostrar que el tiempo no existe, que el tiempo no pasa; por el contrario, somos nosotros los que pasamos, veloces, por él.

La otra razón es personal. Soy un escritor que se mueve continuamente en el filo de la evocación. Todos mis personajes miran atrás cuando el presente no les ofrece la felicidad buscada y reinventan un tiempo en el que fingen que sí lo fueron. Pero lo cierto es, como dice el poeta Rafael Cadenas (parafraseando a Machado), que el presente es lo único que jamás termina. A esta conclusión llegan los personajes y, espero, también el lector. La única vida que es vivida es la del momento.

-Aunque los historiadores se ha encargado de contarlo, no mucha gente conoce con profundidad la dureza de las purgas que se vivieron en la Unión Soviética. Además de documentarte, cuentas en tu libro con el testimonio de supervivientes.

Cuando Alexsandr Solzhenitsyn publicó su Archipiélago Gulag en 1962, una parte del mundo descubrió lo que era un secreto a voces, la larga y cruenta secuencia de las purgas estalinistas. Otra parte de la intelectualidad lo acusó de hacerle el juego a Kruschev, y no fue hasta que las evidencias fueron tan aplastantes que se terminó reconociendo la realidad de los Gulags. Eso queda para los libros de Historia, efectivamente. Lo que yo he descubierto, no solo en referencia al Gulag, sino en las personas que han estado sometidas a cualquier experiencia de exterminio, deportación y hacinamiento en los campos de concentración (la de los españoles que pasaron por los campos del sur de Francia y fueron luego deportados a campos de Exterminio en Alemania, por ejemplo, o en la misma Unión Soviética) es que el silencio es una armadura, un escudo con el que protegerse contra tanta barbarie; el silencio, el recogimiento hacia dentro de uno mismo fue su tabla de resistencia en muchos casos una vez liberados. Otro factor fundamental es la familia. Apoyarse en los seres queridos, proteger a los hijos a toda costa, buscar la ayuda de los paisanos. Solo el tiempo les permite dejar que supure un poco todo ese dolor. Pero como me dijo un señor muy mayor en Francia: no hay tiempo para la memoria cuando se está empeñado en sobrevivir. Después llega el silencio y cuando eres viejo, te das cuenta de que lo eres porque vuelven esos recuerdos sin que los llames. Y entonces, tantos años después, te das cuenta de todas las veces que moriste para volver a nacer.

-El complejo y fascinante personaje de Elías Gil te sirve para reflexionar sobre los ideales y sobre la pérdida de humanidad, y de cómo aferrarse a esos ideales implicó que se cometieran tantas barbaridades. El fin nunca justifica los medios, pareces decir…

Una idea que te hace empuñar un arma y matar a un semejante te arranca la inocencia para siempre. Elías, un personaje que evoca la pérdida de la ingenuidad, lo descubre dramáticamente. No importa si el ideal por el que luchas es justo, o si así lo crees. Lo único que queda es la imagen de esa vida segada. Los ideales, las utopías empujan al hombre hacia adelante, mueven la historia, cambian las sociedades. Pero en el camino dejan un reguero de corazones duros, de culpas, de mentiras. El hombre crea los ideales, cierto. Y también es el hombre quien los traiciona y los convierte en algo que ninguno de los pioneros imaginó. Tal le ocurre a Elías. Al final, descubrirá que el único ideal que cuenta, el único que es sincero e inquebrantable es el que nace y vive dentro del individuo: el amor concreto, la amistad concreta. Ya no buscará salvar a la Humanidad, sino salvar lo que está a su alrededor, salvar lo poco de inocencia que le queda dentro tras diez años de guerras y horror. Pero a veces esa redención de la micro-realidad llega demasiado tarde.

-También el tema del amor es uno de los ejes que vertebra la historia. Amores perdidos, amores idealizados, amores enfermizos…

El amor es un germen que nace al otro lado del odio. Como imagen de la eterna contradicción que nos hace seres humanos, ambos sentimientos crecen en orillas opuestas pero se alimentan de la misma vida. Amar a una persona concreta hace que no te sientas solo, te ayuda a vencer el miedo, desata en ti lo mejor, el instinto primigenio de compartir, proteger y sentirse protegido. El amor nos da una dimensión mayor y mejor de nosotros como individuos. Por esa razón es la palabra que más se ha utilizado y desvirtuado en la literatura. El amor sexual, el amor enfermo, el amor imposible, el amor como fuente de añoranza, de ruptura. Pero también el instante de plenitud, la libertad absoluta de sentir que durante unos minutos, durante unos instantes que recordarás toda la vida, has sido perfecto en comunión con otro. Ese recuerdo, ayuda a Elías a sobrevivir, como una pequeña llama que protegerá en lo profundo de su corazón para no morir del todo cuando llegue el odio.

Otra fuente de amor es el que un padre llega a sentir por su hijo. Amar es conocer, sin mentirse, defectos y virtudes. Solo cuando se conoce profundamente a alguien podemos creer que el amor será real, y no otra cosa a la que pondremos, insensatamente, dicho nombre.

 "Uno de mis escritores de referencia es Albert Camus"


-¿Qué balance haces de estos años tan intensos, en los que La tristeza del samurái y Respirar por la herida te han situado como uno de los autores más respetados del panorama literario español? 

Sinceramente pienso que soy un hombre privilegiado. La literatura para mí es una pasión inagotable, una exploración continua de mis límites, una forma de buscar algo casi indefinible que sé que está dentro de mí. Nunca olvido que todo esto es parte de un momento que puede o no acabar, y lo disfruto con una sonrisa, cada instante, cada encuentro, cada viaje. Aprendo y sigo adelante sabiendo que apenas he comenzado a andar. Podría contarte decenas de anécdotas que solo pueden vivirse como algo asombroso si decides hacer de tu vida algo único. Y yo lo he decidido.

-Francia tiene un peso muy importante en tu carrera. ¿Cómo es tu relación con el lector galo y cómo has vivido esa experiencia tan enriquecedora?

He dicho muchas veces que uno de mis escritores de referencia es Albert Camus. Y resulta curioso que sea un escritor “mestizo” un pied noir con madre española y que sea uno de los escritores más estudiados, más analizado y más leído en Francia. Eso demuestra algo, importante para mí. La cultura francesa se alimenta de cualquier corriente que le dé vigor. A mí me han acogido como un nuevo formato, una visión distinta de lo que ellos llaman “Polar”, más visceral, más emocional, una ‘force romanesque’ que viene de otra sensibilidad. Yo he crecido como escritor gracias a los lectores franceses. Ellos me descubrieron y ellos me animaron a seguir buceando en mi propia voz. Así que, Actes Sud, mi editorial en Francia es para mí, mi segunda casa. Y digo segunda, aunque debiera decir primera, solo porque soy un romántico, y siempre miro a mi origen con la esperanza y el deseo de estar y crecer entre los lectores de mi tierra.

-¿Cuáles han sido tus autores de cabecera? ¿Hay algún libro o algún escritor por el que hace años soñaras con llegar a ser escritor?

Más que autores yo hablaría de libros: desde Cien años de soledad a La peste, desde Las Uvas de la ira a El lobo estepario, desde Últimas tardes con Teresa a Los hermanos Karamazov, desde Suave es la noche a Por quién doblan las campanas, desde el Poeta en Nueva York al Memorial de la Isla Negra, dramaturgos, poetas, cuentistas, me han acompañado siempre. A lo único que aspiro es a ser el escritor que pueda llegar a ser, el mejor posible. Y que juzguen los que tienen el poder y la capacidad de hacerlo. Que me recuerden o me olviden. Pero aún falta mucho para eso.

-Me gustaría preguntarte con sinceridad por el complicado y desesperanzador momento cultural que vivimos. ¿Eres optimista? Si lo llevamos a la literatura, ¿crees que son malos momentos para los autores que os habéis dado a conocer en plena crisis económica?

Yo soy optimista –realista. Me baso en los datos para hacer análisis y te diré que sí, que creo que el libro va a sobrevivir, que la crisis tan dura que estamos sufriendo ha tocado el tuétano de nuestros valores; nos hemos dado cuenta, estamos despertando de un sueño que no era real, y ahora vemos –y denunciamos –todos los abusos atávicos que se han cometido por generaciones en este país. Los padres miran los libros que leen sus hijos, y tuercen el gesto. Un libro puede cambiar el mundo. Pregúntale a Leonardo, a Galileo, a Marx. Los autores cada vez tendremos que ser más conscientes de nuestro tiempo y quién sabe si volverán aquellas voces que a principios de la democracia nos trajeron una idea de Europa en sus novelas.


domingo, 20 de abril de 2014

Macondo de luto. Nos dejaste llenos de soledad, Gabo

<<Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto: que si hubiera tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos "espiritualmente">>

La tercera resignación

Hace unas semanas, en el momento en que se hizo público el débil estado de salud de Gabo, pensé que no estaba preparada para poner este blog de luto. Cuando se admira tanto a una persona, cuando la obra de un autor marca tanto los inicios literarios de alguien, uno llega casi a pensar que se trata de un ser inmortal, algo así como los súperhéroes que encandilan a los niños, o que al menos vivirá muchos más años de los que imaginamos, como la gran Úrsula Iguarán en Cien años de soledad. Decía mucha gente estos días que el destino le había guiñado el ojo por última vez, y que la suya era la Crónica de una muerte anunciada. Sin embargo, siempre he creído que un buen escritor pervive en sus obras, y Gabo era desde hace mucho tiempo inmortal en ese sentido.

 Hoy Macondo está de luto, porque si algo tengo claro es que Melquíades, con su acento áspero y su fuerza descomunal, y acompañado siempre de su cohorte de gitanos, habrá dejado sus catalejos y el resto de cachivaches con los que se paseaba por medio mundo para comunicar a los macondinos la triste noticia de la marcha del genio. Su muerte, en plenas vacaciones de Semana Santa, me ha parecido un auténtico guiño a su realismo mágico, ese género que lo encumbró a un pedestal de donde a veces parecía no haber querido subir. Ya lo dijo el propio Gabo:











jueves, 13 de febrero de 2014

Una de suicidios literarios



Siempre me ha interesado mucho el complejo tema del suicidio, uno de los tabúes que aún tenemos en esta sociedad donde parece que se puede -o se debe- hablar de todo. Hace años, recuerdo que cuando empecé a leer sobre el tema para preparar lo que luego sería El sol de Argel, me topé con muchas -demasiadas, por desgracia- historias protagonizadas por personalidades del mundo creativo: escritores, pintores, compositores...Gente con un talento casi siempre reconocido en vida y que, sin embargo, optó por ese camino tan oscuro, que deja tantas cosas en el aire para los allegados. Así pues, me he decidido a hablar de algunos casos de suicidio en el ámbito literario, un mundo en el que abundan los seres atormentados, acomplejados, incomprendidos y, sobre todo, con una sensibilidad algo exacerbada.

Anna Karenina, a punto de terminar con su vida
Ya decía el gran Heródoto, padre de la Historia, que no hay hombre en el mundo que no haya deseado más de una vez no despertar al día siguiente. Para Albert Camus, el suicidio era una cuestión filosófica, y de hecho le parecía que el problema filosófico más relevante era si la vida merecía la pena vivirla. Los escritores, seres generalmente atormentados, son un colectivo cuyo vínculo con el suicidio es bastante sólido. Dicen los expertos que enfermedades mentales tales como la depresión tienen mayor incidencia entre genios y artistas.  Pero no sólo conocidos  autores han tomado esa drástica decisión, sino que también son muchos los personajes literarios que han sido “suicidados” por sus creadores… ¿Quién no recuerda el trágico desenlace de Anna Karenina en esas vías de tren a las que se arroja, o de Emma Bovary, ingiriendo veneno para despedirse de una vida que le resulta insoportable? ¿Y Peter Pan, paradigma del eterno niño? ¿Se hubiera querido suicidar en el caso de haber crecido? ¿Habría podido afrontar la vida como un adulto? Más de un amante de la obra de James M. Barrie se lo habrá preguntado alguna vez.

La poeta estadounidense Sylvia Plath
Volviendo a los autores, parece que son los poetas los que tradicionalmente han optado por tomar este callejón sin salida. Y dentro de este colectivo, las mujeres poetas van a la cabeza. La estadounidense Sylvia Plath se quitaba la vida un once de febrero de 1963 en Londres. Aplicada, sensible y muy inteligente, la poeta tuvo una atormentada relación con su marido, el también poeta Ted Hughes. . Acabó con su vida asfixiándose con gas con tan solo 31 años. Se dice que tomó esa decisión por sus constantes depresiones y por la infidelidad de su esposo, pero hoy se sabe que Plath padecía trastorno bipolar, algo que en aquella época no se trataba como en la actualidad. En 1982, el Premio Pulitzer concedido de manera póstuma reconocía su talento y su poesía. Su hijo Nicholas se suicidó en 2009. 

Cesare Pavese, gran autor italiano
Otro de los nombres más relevantes de la literatura del siglo XX, el italiano Cesare Pavese, también acabó con su vida. Gran traductor de autores como Steinbeck y Hemingway, y afamado crítico literario, el poeta y novelista sufrió toda su vida una intensa soledad interior. A los 42 años despedía su vida en una habitación de hotel, uno de los sitios más solitarios que puede haber. Sus últimos versos, en el poema “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” parecen presagiar el final de todo:

 Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto

Conocida fotografía de la autora británica en su juventud
Muy conocido, quizás por haber sido llevado al cine, fue el suicidio de Virginia Woolf, otra escritora de enorme talento que había sufrido habituales depresiones y crisis nerviosas, y que hoy se sabe que tenía un trastorno bipolar. Con la II Guerra Mundial ya iniciada, y con su casa de Londres destruida por un bombardeo, en marzo de 1941 Virginia Woolf se adentraba en el río Ouse, cercano a su hogar, con los bolsillos del abrigo llenos de piedras. Su cuerpo tardó días en ser encontrado. A su marido Leonard, compañero en su vocación literaria, le dedicaba una de las misivas de despedida más hermosas de la historia: “Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”.


Repasando esta lista, parece que las aguas se han ido calmando a partir de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, no se puede decir que los escritores hayan dejado de protagonizar estas tristes noticias.

Curioso es el caso de John Kennedy Toole, autor de la exitosa La conjura de los necios, y que se suicidó a los 32 años tras haber sido constantemente rechazado por los editores con esa obra satírica. Sólo la insistencia de su madre logró que, años después, el libro, protagonizado por el memorable Ignatius Reilly,  saliera a la luz, logrando el Premio Pulitzer en 1981. En la actualidad, es una de las novelas más leídas y traducidas.

Otro triste caso es el de David Foster Wallace: parecía llamado a ser uno de los mejores escritores de su generación, pero en septiembre del 2008 ponía fin a su vida. Autor de La broma infinita, considerada por Time como una de las cien mejores novelas en lengua inglesa, el estadounidense era un ácido diseccionador de la sociedadad posmoderna. Tras su muerte por ahorcamiento, su padre reveló que Wallace llevaba dos décadas sufriendo depresión, y que sólo había logrado ser productivo con medicamentos.

Estos son sólo algunos casos que demuestran que la creatividad y el suicidio siempre han gozado de una intensa –pero peligrosa– relación. Personas de gran talento y extremada sensibilidad que a veces no pueden adaptarse al mundo que les ha tocado vivir. "Encuentra lo que amas y deja que te mate", dijo en una ocasión Charles Bukowski, y parece que muchos lo cumplieron.

miércoles, 8 de enero de 2014

Empezar el año con la poesía de Cernuda





A finales de año celebrábamos el cincuenta aniversario de la muerte de Luis Cernuda (1902-1963), uno de los mejores poetas que ha tenido este país, y para mí un autor fundamental cuya obra merece todos los elogios. No se me ocurre mejor manera para arrancar este 2014 que con las reflexiones de una especialista en su figura y en la vigencia de sus versos como es Marina Casado, periodista, colaboradora en el programa El Marcapáginas de Gestiona Radio, y además toda una experta en la Generación del 27, a la que el autor sevillano perteneció. Un pequeño homenaje a un poeta que tanto ha representado en nuestra historia.

-En España suele darse ese fenómeno de homenajear por todo lo alto cuando se cumplen ciertas efemérides y luego la persona en cuestión vuelve a caer en el olvido…¿Te parece en este caso que la figura de Cernuda tiene en la literatura actual el peso que merece?

Creo que lo vamos logrando poco a poco. Antes del centenario de su nacimiento, acaecido en 2002, la figura de Cernuda se mantenía en un plano muy secundario. Desde entonces, se han escrito numerosísimos estudios sobre todos los aspectos de su obra, y parte de la crítica hablar de él como “el mejor poeta de la Generación del 27”. En el mundo cultural y académico, Cernuda es un hito.

Sin embargo, me he percatado de que, fuera de ese universo literario, las personas “de a pie” no siempre son capaces de identificarlo como sí hacen, por ejemplo, con García Lorca. Hay un fuerte contraste entre la importancia de Cernuda en el mundo cultural y su desconocimiento en un plano social más general. Todos conocen a Lorca, sí, pero… ¿quiénes de ellos han leído su obra? Creo que lo que debemos conseguir es “democratizar” su figura y que para eso es necesario hacer más hincapié no tanto en el poeta, sino sobre todo en la persona: un poeta se vuelve “universal” cuando gente que no entienda de poesía sepa reconocerlo, y eso se logra cuando su persona produce en ellos alguna forma de empatía. En el caso de Cernuda, nos encontramos con el problema de que tuvo siempre un carácter reservado y aún escritores populares contemporáneos continúan alimentando la leyenda de su antipatía. Creo que esto es un error. 

-¿Qué opinión tienes de los homenajes que se le han hecho? No puedo dejar de pensar en esos versos suyos: ¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos/Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable…

No puedo evitar sonreír ante estos versos que has elegido, porque yo también pensé en ellos cuando asistí a uno de los homenajes que tuvo lugar en Madrid. Muchas veces, se utiliza este tipo de homenajes para que determinadas personalidades de la cultura que afirman dedicar tal o cual texto al homenajeado consigan, en realidad, lucir su propia obra. Es necesario centrarse más en la figura que se está homenajeando, en este caso, la de Cernuda: dar a conocer la obra del sevillano y no otras que hablen de él en menor o mayor grado.

-Persona poco comprendida, de una extrema fragilidad literaria, y con esa frase tan maravillosa: “viven y mueren a solas los poetas”. ¿Fue feliz Cernuda? Pregunta quizás imposible de responder, pero si juzgáramos sólo por su poética…

Siendo muy joven, en su primer libro, Perfil del aire, Luis Cernuda escribió que “el amor mueve el mundo”. Este pensamiento suyo tuvo validez para él el resto de su vida: consideraba el amor como lo más importante, como el eje del universo. “Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo”, escribió más adelante. En efecto, su terror era no encontrar el amor “verdadero”, aquel que le salvaría de verse abocado finalmente a la soledad.

Y la paradoja es que, siendo el amor para él lo más importante, nunca tuvo suerte en este terreno. Su timidez, su susceptibilidad y la dificultad añadida de su homosexualidad fueron algunos de los elementos que precipitaron un final solitario, como él mismo había temido: unos últimos años en los que el poeta lamentaba su juventud perdida y se seguía enamorando de cuerpos jóvenes, bellos, que solo podía permitirse mirar de lejos.

Hubo momentos concretos de su vida felices, pero, en general, no se puede afirmar que Luis Cernuda fuera feliz. Le faltó siempre lo más importante. Y de esa carencia nacen sus mejores versos.

-Dime un poema o un fragmento que te guste especialmente y una época de su carrera.

El Cernuda joven es el que más fascinante me resulta, en especial su etapa surrealista, aquella en que produjo las obras Un río, un amor (1929) y Los placeres prohibidos (1931). La primera es una invocación desesperada al amor no descubierto, en la segunda lo ha conocido y le resulta inalcanzable, o efímero. El yo poético de estos años utiliza la técnica surrealista para buscarse a sí mismo, para definir su lugar en un mundo que le parece extraño, alejado de sí. En etapas posteriores, la amargura irá imponiéndose a la duda; la experiencia en ese mundo donde no puede encajar le conducirá a una aparente misantropía, que en el fondo no es más que otra de sus máscaras para ocultar su vulnerabilidad y su extrema hipersensibilidad. 

El poema que más me gusta de Cernuda pertenece a su obra Como quien espera el alba, escrita ya en el exilio, en 1947. Se llama “A un poeta futuro” y, como el propio título indica, se dirige a un poeta que vivirá cuando él ya no lo haga, y que será capaz de comprenderlo, algo que no ocurre entre sus contemporáneos. Especialmente emocionante es la última estrofa:

Cuando en días venideros, libre el hombre
Del mundo primitivo a que hemos vuelto
De tiniebla y de horror, lleve el destino
Tu mano hacia el volumen donde yazcan
Olvidados mis versos, y lo abras,
Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido.

-¿Qué es lo que destacarías de su poética?

Su carácter de observador. La figura del poeta, para Cernuda, es una especie de criatura elegida por la naturaleza, capaz de descifrar la belleza oculta de las cosas y de transmitírsela a la humanidad por medio de la poesía. Esa capacidad constituye tanto un don como una maldición, porque lo distingue del resto de personas y lo condena a la soledad. El poeta siempre mira el devenir de las cosas sin intervenir en ellas, sin tratar de cambiarlas, como si las contemplara a través de un cristal. Y su propia apatía le produce tristeza. Un verso suyo lo resume muy bien: “Tu destino es mirar las torres que levantan, las flores que abren, los niños que mueren; aparte, como naipe cuya baraja se ha perdido”. 

-Has comentado en alguna ocasión que hay mucho escrito sobre Cernuda. ¿Por qué crees que hay esa diferencia con respecto a otros autores tan notables como es Alberti? ¿Quizás Cernuda y Lorca sean los poetas que más vivos siguen y por eso continúan siendo tan estudiados?

El propio Cernuda profetizó en un verso escrito a comienzos de su exilio, en el que se dirigía a España: “Un día, tú ya libre / de la mentira de ellos, / me buscarás. Entonces, / ¿qué ha de decir un muerto?”. Nunca pudo regresar a España.

Como he explicado anteriormente, a Cernuda se le comenzó a descubrir en nuestro país a partir de su primer centenario, en 2002. Desde entonces, además de la calidad de su poesía, ha suscitado mucho interés el misterio que envuelve su figura. Lorca continúa siendo muy estudiado porque es una leyenda, en parte –tristemente debido a su dramático final. El caso de Alberti es distinto: durante la Transición fue muy popular por su implicación política, pero últimamente hay quien le desprecia precisamente por eso, sin  valorar su faceta poética. Insisto en que, muchas veces, la mayor o menor empatía que produzca la persona, más que el poeta, resulta determinante.  

-Bajo tu punto de vista, ¿cuál fue su mejor sucesor? ¿Qué poeta debería gustarnos hoy si somos unos apasionados de la poesía del autor andaluz?

Se ha estudiado mucho, respecto a la influencia de Cernuda en poetas posteriores, la adopción de una técnica muy cernudiana como es el uso de la segunda persona en la poesía. Los mayores herederos de este rasgo han sido poetas como Francisco Brines, Luis Antonio de Villena o Juan Luis Panero. 

Sin embargo, no considero este punto como el más determinante a la hora de establecer una influencia de Cernuda. Quizá porque he profundizado mucho en la obra del sevillano, no me parece que ningún poeta posterior haya logrado esa sutileza suya envolvente, melancólica y amarga, casi mágica. Pero si he de mencionar un nombre, mencionaría, sin duda, el de José Manuel Caballero Bonald, que con su poesía reflexiva, filosófica, grave, se acerca a la época de madurez de Cernuda, donde también podemos encontrar esa necesidad de volcar una reflexión profunda en el poema, así como el cultismo y el rigor en la elección del lenguaje.